miércoles, 14 de mayo de 2014

LOS HIJOS DEL SISTEMA


En el departamento de Ahuachapán, al occidente de nuestro país El Salvador, está ubicado un reclusorio de menores de edad, donde conviven al menos unos 200 adolescentes entre 13 a 23 años del sexo masculino, que han sido internados por haber cometido algún hecho delictivo, nos referimos al centro llamado El Espino, en este caso la relación de los internos es directa con la pandilla 18, en dos de sus subdivisiones: sureños y revolucionarios, los cuales están separados en sectores distintos por estas razones...

Algunos de los casos se encuentran en la fase de instrucción, otros ya han sido penados, para que al cumplir la mayoría de edad, sean incorporados al sistema penitenciario, aunque los mayores de 18 años están a la espera de ser trasladados al centro de intermedios en el municipio de Ilobasco, departamento de Cabañas… cualquiera que sea la situación, estando dentro de allí hasta entonces son tomados en cuenta por el sistema judicial –irónicamente– a través de las autoridades delegadas del instituto salvadoreño para la niñez y la adolescencia –ISNA – quienes deben garantizar su rehabilitación y reinserción a la sociedad después de cumplir el tiempo determinado según sea el caso.

Estando dentro, nos damos cuenta que son jóvenes como cualquiera de los que tenemos contacto, humanos, llenos de energía y alegría, con sus sueños y aspiraciones, sus habilidades y destrezas, su sentido estético y arte, su capacidad de liderazgo y deseo de aprender, una visión muy distinta a la que los medios nos venden e influyen de manera obsesiva, haciéndolos parecer como mounstros que deben ser anulados, desechados y en el peor de los casos destruidos de cualquier manera.

Al reflexionar y recordar cada rostro –tatuado o no– podemos intentar ver detrás de la tinta y dibujos, la figura de un niño que no lo dejaron ser niño, de un adolescentes falto de afecto y maltratado brutalmente de diferentes maneras, de la persona que no recibió el amor y cuidados necesarios en el seno de su hogar, que han padecido y siguen padeciendo algún tipo de violencia, quienes han intentado buscar una imagen familiar y de seguridad en las calles con los grupos pandilleriles ahora proscritos por las leyes nacionales e internacionales.

El sistema realmente es el ídolo –el mounstro– ya que para poder subsistir, este, es necesario que hayan victimas, sacrificios humanos que se justifiquen y den vida a esa estructura perversa que no garantiza la plenitud de vida de quienes estamos inmersos en el, incluyendo a esta población satanizada… por supuesto hay una gran responsabilidad humana en esto, ya que como pueblo hemos dado demasiado poder a quienes no velan por el bien común y toman decisiones que no son propuestas restaurativas o restitutivas, más bien han sido reacciones retributivas enfocadas en el ámbito punitivo, lo cual engendra mas violencia.

En el ambiente eclesial, se están dando respuestas bastante sinceras, aunque pírricamente fundamentadas, la situación no es fácil, ya que estos grupos hacen lo que pueden ante los embates del sistema, el cual ha sido realmente la gran limitante de poder actuar de manera transparente e intentar infundir vida y alejar de la muerte a esta fracción de nuestra juventud excluida.

La falta de oportunidades ha sido otro factor determinante que ha influido para que nuestra juventud se vea inmiscuida en estos grupos, con su propia cultura, su manera de hacer las cosas con cierto grado de anarquía, que son utilizados por otros grupos del crimen organizado y narcotráfico, además de otros que de manera falsa y seudo-piadosa hacen una especie de pantomima altruista para luego gestionar fondos de manera perversa y egoísta.

Por otro lado, al intentar analizar la situación de la juventud privada de libertad, es sumamente complejo dar una propuesta o respuesta inmediata, lo que si podemos hacer es ver la posibilidad de acompañar algún proceso, que traiga Paz y Buenas Noticias en un lugar donde es difícil encontrar Fe, Esperanza, Justicia y Reconciliación, por ello es necesario intentar pensar desde donde ellos están y analizar cuál sería el mejor camino a seguir.

Antonio Salomón Medina Fuentes, Iglesia Amigos de Soyapango, Coordinador Nacional del Proyecto Alternativas a la Violencia

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