viernes, 29 de octubre de 2010

La vivienda de Dios: la nueva y reconciliada comunidad (Ef. 2) Ponencia de Ruth Padilla en Lausana III, Ciudad del Cabo, 21 octubre'2010

Hace apenas unos meses, los ojos de millones de espectadores estaban clavados en las escenas televisadas del Mundial de futbol aquí mismo, en Sudáfrica. Algo me llamó la atención mientras observaba a los jugadores: sin importar el color de su camiseta, en momentos cruciales –al comienzo del partido, antes de un tiro libre—muchos, muchos de ellos asumieron esta posición: manos unidas, cabezas gachas, y, luego, ojos alzados en silenciosa plegaria al cielo. El cielo verdaderamente es el lugar donde habita Dios. En los lugares celestiales, leemos en Efesios 1, está el glorioso trono desde donde reina poderosamente Cristo. Y, más allá de los relatos futbolísticos, bien podemos celebrar como hijas e hijos del Rey que gobierna desde los altos cielos, sobre todo reinado, autoridad, poder y dominio (1.21). A la vez, el pasaje de hoy nos invita a considerar cómo se ve ese reinado cósmico en la vida humana, diaria, tangible. Nos ayuda a responder a la pregunta: ¿dónde vive Dios?
Algo de trasfondo. El apóstol Pablo escribe desde la prisión a sus compañeros seguidores de Jesús que viven el ciudad portuaria de Éfeso y en la región de Asia Menor. A través del tiempo – por conquista, colonización y emigración—griegos, persas, romanos y judíos se habían entremezclado con los habitantes autóctonos de Anatolia. Diversas expresiones culturales, lingüísticas, socio-económicas y religiosas se mezclaban y chocaban, forzadas al encuentro por la hegemonía de Roma. Las tradiciones estaban siendo desafiadas, las identidades estaban cambiando, y mucha gente se sentía desarraigada, perdida –especialmente quienes estaban en la base de la pirámide social. Claro que, según la historia oficial, reinaba la paz. Las fronteras eran aseguradas por las legiones imperiales. Obviamente los impuestos y tributos eran pesados –especialmente cuando su beneficio se veía principalmente en lejanos centros de poder–, pero por lo menos garantizaban la seguridad, ejércitos más fuertes y muros más altos. El más mínimo disturbio era velozmente reprimido; la tortura era práctica común y servía para disuadir. Los templos eran lugares de adoración en los cuales las fuerzas conquistadoras imponían sus dioses a los pueblos incorporados a la fuerza bajo su dominio. Al emperador se le debía honra e incondicional lealtad ya que, como el autodenominado “Señor y Salvador”, efectivamente imponía la paz y mantenía la unidad entre personas tan diversas en términos culturales, étnicos y religiosos. De paso, ¡todo paralelo con la escena global hoy es absoluta coincidencia! Esos eran los días de la Pax Romana.
Es en este escenario que se leen las palabras de Pablo en el seno de la creciente comunidad de seguidores de Jesucristo, algunos de ellos judíos como él pero la mayoría gentiles. “En otro tiempo ustedes estaban muertos en sus transgresiones y pecados, en los cuales andaban conforme a los poderes de este mundo. Se conducían según el que gobierna las tinieblas, según el espíritu que ahora ejerce su poder en los que viven en la desobediencia” (1). Muertos, inertes, arrastrados sin voluntad propia por poderes más allá de su control, su existencia había sido marcada por el infructuoso afán por conseguir éxito y satisfacción personal, sin dirección, como un velero sin timón. Duras son las palabras de Pablo para los gentiles. “Ah, ¡esto es acerca de ellos!”, bien podrían haber expresado con alivio los cristianos judíos. “Esto no es acerca de nosotros, el Israel elegido!”. Orgullosos de su linaje y herencia como descendientes del antiguo pueblo de Dios, y marcados por la cultura imperial en el cual el fuerte siempre tiene la razón, fácil les sería descansar seguros en su pertenencia y creer que tenían el derecho de determinar quien estaba dentro y quien fuera de la nueva comunidad que iba siendo forjada por la enseñanza de los apóstoles. “Háganse como nosotros, los verdaderos creyentes; miren el mundo a través de nuestros lentes y organicen su experiencia según nuestras categorías. Si no, siempre serán apenas de segunda clase. Podemos tolerar un poco de color por aquí y por allá, un representante de muestra de un grupo minoritario. Pero ellos deben estar dispuestos a asimilarse, a acomodarse a nuestros criterios y expectativas, nuestra jerga y nuestro estilo”. Pero Pablo no abre espacio alguno para tal arrogancia. Continúa: “También todos nosotros vivíamos como ellos, impulsados por nuestros deseos pecaminosos, siguiendo nuestra propia voluntad y nuestros propósitos. Como los demás, éramos por naturaleza objeto de la ira de Dios.” Tanto judíos como gentiles, todos y todasson uno en la muerte, amarrados juntos en su garra eterna.
“Pero Dios…” continúa Pablo. “Pero Dios…” Este es el punto crucial. “Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor por nosotros” irrumpe en este patético cuadro. El que inicialmente dio aliento de vida a todo ser viviente no abandonaría el trabajo de sus manos. En el principio, de la nada, Dios había creado y celebrado la vida como buena; y nuevamente ahora la comunidad-de-amor –Padre, Hijo y Espíritu Santo—se involucra en la escena de muerte para dar vida plena, valor y propósito a sus criaturas.
Pablo construye su caso in crescendo. Primero, en Cristo, Dios re-crea a la humanidad: “Aun cuando estábamos muertos en pecados, Dios nos dio vida con Cristo.” Estas son buenas noticias para los cristianos del primer siglo y también para nosotras y nosotros: “Aun cuando estábamos muertos en pecados, Dios nos dio vida con Cristo.”¡Gracias sean dadas a Dios! En segundo lugar, en Cristo, Dios restituye a la humanidad: “En unión con Cristo Jesús, Dios nos resucitó y nos hizo sentar con él en regiones celestiales.” Créase o no, Pablo le recuerda al pueblo agobiado y desarraigado, ¡ustedes ahora están por encima de todo ello, con Cristo, en los lugares celestiales! ¡Ustedes han sido alzados del polvo a la gloria sin mover un dedo! ¡Este es un hecho! Si, tal vez en el imperio romano no se les considere más que un puñado insignificante de seguidores de Cristo, sufran bajo constante sospecha por cuestionar la autoridad del emperador, y apenas sean reconocidos como una ínfima pieza en la maquinaria imperial por los impuestos que pagan. Sin embargo, en la economía de gracia de nuestro Dios, ustedes no son descartables sino valiosos y hermosos. Dios moldea con la comunidad de seguidores de Cristo un poema, una obra de arte de Dios, su obra maestra. Es Dios quien otorga valor y belleza a la comunidad cristiana. Estos no son fabricados por los símbolos de estatus, prestigio o prosperidad de nuestra pagana sociedad de consumo.
Así que Dios, en Cristo, re-crea y restituye a la humanidad como expresiones de la imagen de Dios en su mundo. Y finalmente, así como en el principio, Dios nuevamente otorga propósito a la humanidad. “Somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús, para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica” (12). Los mandatos bíblicos de familia y trabajo, relaciones responsables y producción responsable, son restaurados en Cristo. Nuestro reinado con Cristo en los lugares celestiales se expresa concreta e históricamente en nuestro comportamiento ético aquí y ahora. Las buenas obras son marcas de nueva vida y discipulado fiel; si faltan, es indicio de su ausencia.
Pablo es plenamente conciente de cómo el orgullo encadena y de cómo las obras autosuficientes no son más que una calle sin salida. Años antes, como radical defensor de la fe judía, él había salido en asesinas expediciones con el propósito piadoso de erradicar lo que él consideraba una secta perniciosa. Pero una vez que Jesús le había arrancado las vendas de los ojos, y el Espíritu había reorientado su voluntad, Pablo había reconocido que todo ese afán no le había acercado a Dios. Sólo Cristo lo hacía. “Pero Dios…” No podemos ganarnos nueva vida, nuevo status, nuevo propósito. Es Dios quien nos los otorga “para mostrar en los tiempos venideros la incomparable riqueza de su gracia, que por su bondad derramó sobre nosotros en Cristo Jesús”, su favor inmerecido. “Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe, esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, o por obras, para que nadie se jacte” (10-11). Nosotros, como los cristianos de Asia Menor, debemos recordar esto.
La disciplina de recordar constituye un necesario antídoto al orgullo ostentoso y cegador. “Recuerden ustedes los gentiles de nacimiento –los que son llamados ‘incircuncisos’ –clasificados como de afuera– por aquellos que se llaman ‘de la circuncisión’—los que se consideran de adentro–, la cual se hace en el cuerpo por mano humana—recuerden que en ese entonces ustedes estaban separados de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo”
Recuerden que en un tiempo estaban muertos. Todos éramos uno en la muerte. Todas y todos estábamos muertos y alienados. Distanciados de Dios, los unos de los otros, y del resto de la creación. Eso era antes, ‘en ese entonces’, en otra época.
Pablo dedica las siguientes líneas, que leemos como los versos 13-22, a la descripción del cuadro actual. Abre la sección con las palabras “Pero ahora” para establecer el llamativo contraste que se da por la intervención misericordiosa del Dios Trino. “Pero ahora en Cristo Jesús, ustedes que antes estaban lejos, Dios los ha acercado mediante la sangre de Cristo” (13).
La Pax Romana, como mencionamos, era frágil, sostenida precariamente por clavos y opresivos impuestos. Pero una noche unos ángeles quebraron ese reprimido silencio con cantos gozosos de “¡Paz en la tierra!” Anunciaron una paz diferente al pueblo agobiado: el largamente esperado Príncipe de Paz había irrumpido en la historia en la forma de un bebe de clase baja en un rincón insignificante, lejos del poder de Roma y del Templo. Cuando se hizo público su ministerio, el reinado de Jesús no se caracterizó por poderío militar ni económico. En cambio, Jesús se entregó a sí mismo, dando vista a los ciegos, alimentando a los hambrientos, liberando a los oprimidos, afirmando la dignidad de las mujeres, de las niñas y niños y de otras personas marginadas por la sociedad judía. En lugar de imponer la seguridad mediante la opresión y la muerte, Jesús tomó sobre sí la vergonzosa cruz en sacrificio amoroso. Así reveló como engañosos a los poderes de la muerte que mantenían a la humanidad alienada de Dios, los unos de los otros del resto de la creación. Cristo, nuestra paz, efectuó la salvación, dando nueva vida a los muertos: relaciones reconciliadas con Dios, sanidad de la enemistad a una humanidad quebrantada, y restauración a todo el orden creado. Estas ciertamente son buenas nuevas de verdadera paz, Pax Christi. Jesús esnuestra paz.
Jesús también hace la paz. Durante su vida, –“en su carne–” Jesús hizo la paz haciendo justicia, restaurando a su justo lugar y a sus justas relaciones a quienes habían sido privados de ellas por sistemas injustos, ambición humana o abuso de poder. Criticó al altanero líder religioso y alabó al cobrador de impuestos, que era socialmente despreciado. Sanó a leprosos, las víctimas de VIH-Sida de sus días, y los restauró a la comunidad. Habló con mujeres, y reclamó a los hombres un buen trato hacia ellas. Exhortó a los ricos a ver las implicaciones económicas de su discipulado. Vivió según el guión histórico de los profetas de Dios de todas las edades. Jesús también hizo la paz mediante su muerte –“mediante la cruz.” Cuando murió, el velo del templo, que separaba el lugar santísimo, se rasgó en dos: ahora el acceso a Dios no quedaba ya restringido a ciertas personas o ciertos momentos. Pero no termina allí la maravilla: el Cristo resucitado envía a sus discípulos a los fines de la tierra, más allá de los confines étnicos de Israel. Y el Espíritu los capacita para comunicar las buenas nuevas en una plétora de lenguas gentiles, a relacionarse con gente “improbable” – extranjeros, mujeres, gobernadores paganos–, y a confrontar y erradicar leyes y prácticas de exclusión que no permitían la plena participación de todas y todos los discípulos de Cristo en la vida y ministerio de la comunidad cristiana y más allá. En el caso de Pablo, una vez que le fueron arrancadas las vendas de los ojos camino a Damasco, el que previamente había sido un judío celoso comenzó a vivir su vocación como el apóstol de Cristo a los gentiles. Cuando escribía esta carta, estaba soportando la prisión, acusado de haber llevado a no judíos al templo, más allá del muro construido para mantener a los de adentro adentro y a los de afuera afuera. Su convicción respecto a los propósitos cósmicos y reconciliadores de Dios en Cristo empujaron a Pablo –contra viento y marea—a una misión marcada por esfuerzos sacrificados para nutrir la unidad, la paz y la justicia en la nueva comunidad. Por ejemplo, cuando tanto las interpretaciones legalistas de la ley judía como los decretos impuestos por Roma prescribían la sumisión pasiva de las mujeres, los niños y los esclavos a patrones opresivos de relación familiar y laboral, Pablo valientemente predicó la sumisión mutua de todas las personas y particularmente de los poderosos –hombres, esposos, padres, jefes–, y reconoció el liderazgo ungido de mujeres, jóvenes, y cristianos no judíos en la comunidad de la iglesia primitiva. Es que Pablo vivía lo que predicaba: Cristo “anuló la ley con sus mandamientos y requisitos. Esto lo hizo para crear en sí mismo de los dos pueblos una nueva humanidad al hacer la paz, para reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo mediante la cruz, por lo que dio muerte a la enemistad”. Gracias a la acción pacificadora de Jesús mediante su vida, su muerte, y su ministerio continuo por medio del Espíritu, los seguidores de Jesús hoy son uno –no uno ya en la muerte sino uno en Cristo.
Entonces, Jesús es nuestra paz; Jesús hace la paz y, finalmente, en palabras de Pablo, Jesús “vino y proclamó paz.” Proclamó paz a quienes estaban lejos y a quienes estaban cerca. Pues por medio de él tenemos acceso al Padre por un mismo Espíritu.” La retórica, la predicación, la declamación, todas eran destrezas practicadas y valoradas en la sociedad Greco-romana a la cual pertenecían los receptores de esta carta de Pablo. Ellos son altamente concientes del poder de la palabra hablada para construir el prestigio personal e influir en la opinión pública. Pero la proclamación de paz que hace Jesús tiene un impacto mucho más significativo: se fundamenta en el hecho de que Jesús es y hace la paz como expresión del continuo y reconciliador trabajo del Dios que crea con su misma palabra. En el principio, Dios, la comunidad-creativa-de-amor, en medio del caos crea el mundo con su mera palabra. En Jesús, la Palabra encarnada, Dios efectúa la redención y trae nueva vida en medio de la historia. Y mediante el aliento del Espíritu, Dios toma individuos alienados y con su mera palabra crea comunidad. Dios habla y así sucede.
Pablo había comenzado su carta pintando el gran esquema cósmico: todas las cosas unidas bajo el señorío de Cristo. Ahora enfoca la lente en la expresión visible e histórica de esa unidad y autoridad. No nos conduce a algún templo antiguo ni a alguna edificación religiosa moderna. No. Más bien aterriza directamente sobre sus oyentes, sobre la comunidad de las y los seguidores de Jesucristo: “Ustedes ya nos son extraños ni extranjeros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios”. Lo que Dios en Cristo ha declarado y creado no es más ni menos que la iglesia, el cuerpo de los seguidores de Jesús, la nueva humanidad entretejida con personas de hilos lingüísticos, culturales, étnicos y religiosos muy diversos. La ciudadanía en el imperio romano –como en otros del estilo – dependía del linaje, del poder, y de los recursos financieros, y clasificaba a las personas en categorías de primera, segunda y tercera. La pertenencia a la religión cultural judía también dependía de la alcurnia familia y del estatus social. La membresía en la familia de Dios, en contraste, es un don: gentil y judío, esclavo y libre, mujer y hombre, viejo y joven, personas del sur y del norte, de oriente y de occidente, personas con todas su extremidades y destrezas mentales y quienes no cuentan con ellas, todas y todos pueden pertenecer –gracias a la labor reconciliadora de Jesús.

Esta nueva familia, la iglesia, no se construye sobre el fundamento del dinero, el poder, los líderes carismáticos ni los santos individuales, sino sobre los cimientos de los apóstoles y profetas, sobre el registro histórico entero de la acción de Dios en su mundo mediante todo su pueblo. Cuando Roma asegura que lo que da cohesión al mundo es el poder imperial, y los templos se tornan símbolos de dominio, y cuando hoy nos vemos tentados a confiar en naciones, en poderíos militares o económicos, en grandes presupuestos eclesiales y exitosos emprendimientos empresariales, cuando preocupaciones denominacionales e institucionales se tornan más importantes que las personas, entonces, con Pablo, debemos afirmar contraculturalmente que la pieza esencial, sin la cual toda la edificación se desmoronaría no es otra que Jesucristo mismo, “la piedra angular” sobre la cual “todo el edificio, bien armado, se va levantando para llegar a ser un templo santo en el Señor”.
¿Dónde, nos preguntábamos al comienzo, vive Dios? Pablo cierra con esta asombrosa y humilladora afirmación: “En Cristo también ustedes son edificados juntamente para ser morada de Dios por su Espíritu.” Nosotros, la iglesia, con todas nuestras imperfecciones, tontas preocupaciones, orgullo y prejuicio, ¿¡somos el templo santo de Dios, su hogar terrenal!? Sí: por gracia es aquí, en esta comunidad inmensamente diversa, transnacional, trans-étnica, y transcultural, que Dios elige vivir.
Dios vive en la nueva humanidad creada por Dios, reconciliada por Cristo, sellada y dotada por el Espíritu Santo para la edificación de esa comunidad y para obras de paz y justicia más allá de sus fronteras. Dios vive allí donde mujeres y hombres juntos permiten que la Comunidad-de-amor imprima su imagen en ellos, cree reconciliación mediante su palabra entre ellas, demuela los muros humanamente creados y las exclusiones sostenidas espiritualmente para que la unidad se haga visible, les recuerde que en un tiempo estaban todos unidos en la muerte y que nuestras vidas, nuestro valor y nuestro propósito dependen enteramente de la gracia inmerecida de Dios. Dios anhela construir a la iglesia mundial hoy como su vivienda terrenal.
Cuando nos llegan estas palabras, como ocurrió con los receptores originales, no podemos más que preguntar: Nosotros, cada una, cada uno, ¿nos reconocemos piedras vivas que deben encajar con las demás para constituirnos en la vivienda de Dios? ¿Somos concientes de que el testimonio más contundente del amor de Dios por el mundo son las relaciones reconciliadas entre nosotros, independientemente de nuestra nacionalidad, etnicidad, persuasión política, status financiero? Cuando nuestras familias, vecindarios, compañeros de trabajo, comunidades observan a nuestra congregación local, ¿se asombran por las relaciones de amor, las relaciones justas que existen entre sus miembros y entre ella y la comunidad más amplia? ¿Estamos listos a comprometemos a responder con nuestras vidas al llamado de Jesús de acompañarle en su misión reconciliadora, siendo, haciendo y proclamando valientemente la paz dentro y más allá de la comunidad cristiana? ¿Permitiremos a Dios que escriba un nuevo poema con su iglesia mundial hoy?
Al reunirnos aquí como representantes de la iglesia global durante Lausana III, y al regresar de aquí a nuestros países, ciudades y pueblos, Dios permita que nos veamos como frutos y agentes de Pax Christi, como una comunidad unida por la voluntad reconciliadora de Dios en Cristo y enviada como tal al mundo en el poder del Espíritu de Dios para encarnar sus buenos propósitos para el cosmos entero. Que demolamos los muros de auto-defensa, seguridad y prosperidad que han construido nuestra ambición, nuestro orgullo y nuestro prejuicio, y que corramos el riesgo de ser comunidades de bienvenida –aun para quienes son diferentes a nosotras y nosotros. Que juremos lealtad última no a los césares de nuestro día sino al Señor de la historia, al único Príncipe de Paz. Celebremos hoy –con profundo y arrepentido asombro y agradecido compromiso –que somos la vivienda de nuestro Dios. ¡Que así sea!
Tomemos un tiempo para silenciosa reflexión y oración a la luz de la palabra de Dios.
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Bibliografía
Avila Arteaga, Mariano. Carta a Los Efesios Comentario Para Exégesis y Traducción, ed. Edesio Sánchez y Esteban Voth. Miami: Sociedades Bíblicas Unidas, 2008.
Bruce, F.F, The Epistles to the Colossians, to Philemon, and to the Ephesians, 1984.
Keener, Craig. The IVP Bible Background Commentary – New Testament. Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1993.
Stott, John R. W. The Message of Ephesians. Leicester, UK: InterVarsity Press, 1979.
Wright, N. T. Justification: God’s Plan and Paul’s Vision. Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 2009.

lunes, 25 de octubre de 2010

CUANDO LOS CUERPOS HABLAN

Los macabros hallazgos realizados en la zona occidental de El Salvador, específicamente en el municipio de Lourdes Colón, departamento de La Libertad, se han encontrado en un cementerio clandestino 385 cadáveres, de los cuales el 80% son mujeres jóvenes que presentan signos de haber sido previamente torturadas, mutiladas y violentadas por quienes hicieron dichos crímenes.

Parte de la gravedad de dichos casos, no solamente es el número – o las cifras de los mismos – es también la forma de cómo nuestra juventud – y en este caso mujeres jóvenes – continúan siendo víctimas de tan atroces y brutales acciones, pareciera que la violencia se sigue expandiendo como una enfermedad “consiente” de todo lo que se lleva a cabo para ejercer poder y llevar al ocaso a las vidas humanas.

Se continúan queriendo dar soluciones políticas – con leyes y políticas públicas – a un problema social, para ser mas especifico de guerra social, en donde toda persona se convierte en sospechosa, lo real y grave del asunto es que muchas veces el origen de esta violencia generalizada se inician en el seno de la familia, además de la gran brecha que divide a pobres con relación a los ricos, la falta de oportunidades para los y las jóvenes, así como la falta de voluntad política para encarar los problemas del narcotráfico y crimen organizado, vicios que incluso han llegado a las estructuras del gobierno y algunos sectores de la empresa privada.

Todos estos cuerpos encontrados hasta el momento, cuentan una historia de una pandemia – casi crónica – llamada violencia, cuentan que no tuvieron la oportunidad de tener una vida digna, cuentan que sus agresores siguen en la impunidad, cuentan y evidencian la fragilidad de nuestro sistema jurídico-legal, cuentan que aún los hombres se creen superiores a las mujeres, cuentan que sus victimarios se ríen de nuestras leyes, cuentan que han sido víctimas de grupos sin escrúpulos que pretenden rendir culto y pleitesía a un sistema de muerte…

Por su lado la iglesia, pareciera dormida ante el dolor y la desgracia, se intenta dar una explicación seudo bíblica y lógica a la situación, dándole connotaciones futuristas, en cuanto a la venida del señor – no sabemos ¿qué señor? – que intenta justificar y no dar explicaciones que puedan traer consuelo, paz y reconciliación a las personas dolientes; como iglesia se ha sido especialista en pecar de omisión… el hacer ver que no son las únicas personas que han padecido este tipo de atrocidades, también es parte de la forma a veces fría y despiadada con la que se procede en nuestros ghettos eclesiales.

¿Qué está pasando en nuestra sociedad?, ¿acaso el evangelio lo hemos vuelto insuficiente o mutilado?, ¿qué tipo de compromiso y entrega incitamos a vivir dentro y fuera de nuestras iglesias?, ¿ya no existen más respuestas ante tanta calamidad?, ¿nos hemos vuelto un mini-cosmos frío e insensible?... pueda que haya muchas más preguntas difíciles de responder, ya sea con palabras o con acciones, pero es parte del ponernos a reflexionar y ver las alternativas concretas y reales que El Espíritu nos llama a hacer en favor de la justicia, el amor, fe y esperanza como ejes centrales de la manifestación del Reino entre nosotros y nosotras.

¿Qué camino seguir?, es difícil saberlo, no hay formulas reales ante la problemática de la violencia, lo que si tenemos es la visión utópica – por el momento – de querer cambiar la situación y repensar nuestra fe, en base a los valores y principios fundamentales del Reino que nos vino a enseñar Jesús, en donde la justicia – mas allá de lo legal – es el primero de ellos y al mismo tiempo es la clave para nuestro proceder en la búsqueda de alternativas que puedan servirnos en este caminar, que supere todo sistema corrupto y viciado de actitudes irreverentes, obscenas e irrelevantes ante las personas que necesitan esa tan ansiada Buena Noticia (Amos 8,4-6).

Salomón Medina
MTC.EdT El Salvador
Semillas de Nueva Creación

lunes, 11 de octubre de 2010

¿CUANTOS SACRIFICIOS MÁS?

El número de asesinatos es un indicador que evidencia diariamente los hechos violentos que en nuestro país siguen dando de qué hablar, tanto es así que los datos oficiales revelan que a finales del mes de septiembre’2010 se hablaban de un promedio de 7 muertes diarias, lo cual contabilizaban ya 4,482 vidas segadas de manera violenta, muchas más que el 2009 que se registraron 4,349 al final de ese año. Esto no deja de ser alarmante, los crímenes siguen siendo presentados por los diferentes medios con lujo de barbarie, sin tomar en cuenta el gran impacto que estas imágenes “pornográficas” generan en las y los espectadores. En todo ello la gran mayoría de estas personas han sido jóvenes.

Es curioso que estos mismos medios que se unen como defensores de la libertad de expresión, cuando se refieren a la juventud que protesta por sus derechos fundamentales o se movilizan a favor de una causa justa, se les brindan apelativos como “supuestos… estudiantes… miembros… voceros, etc.”, con el fin de deslegitimar las acciones no violentas y de dignificación que se desarrollan a favor de tener condiciones de vida más justas, intentando con gran dificultad abrirse espacios para tener un lugar dentro de nuestra sociedad adulto – céntrica, que continua cerrando las puertas a nuestra martirizada juventud salvadoreña.

Las reformas a las leyes – o la entrada en vigencia de otras – nos brindan también un panorama que pone a la luz pública el alto grado de exclusión y marginación – integral – que vive nuestra juventud, sin tomarles o tratarles como personas completas, sin ver que detrás ha habido una grave historia desarrollada sobre todo tipo de antivalores, violaciones de sus derechos básicos y actos corruptos que les ven como objetos y no como sujetos, que pueden tener, compartir y desarrollar sueños y aspiraciones.

Muchos intelectuales concuerdan de manera fatalista que hoy en día existen una gran cantidad de jóvenes sin perspectiva, es sumamente preocupante cuando una sociedad no puede ofrecer una visión y misión de vida para sus jóvenes, como sociedad adulta se ha fracasado, se ha querido pensar por ellos y ellas, se les ha sumergido y cosificado en un sistema que para poder seguir subsistiendo necesita con gran desesperación buscar victimas, como un ídolo que ejerce su influencia de manera silenciosa, que aplaca su ira con los sacrificios de las vidas de las y los jóvenes, a ese ídolo mounstroso y desfigurado se le ha llamado sistema neoliberal, pero si le podemos llamar de otra manera apegados a La Escritura, este – sistema de maldad – podría llamarse amor al dinero (φιλαργυρία: philargyria).

Para que este sistema pueda perpetuarse, a los y las jóvenes se les incluye – de manera despersonalizada y viciada, con una especie de agenda oculta – en la cultura de consumo, que les impulsa a vivir una vida sin objetivo, hedonista, relativista, permisiva, light, afín a seguirles utilizando con los propósitos acordes al sistema e intentar desenfocarles de cosas más importantes que puedan ayudarles a tener mejores oportunidades y mejores condiciones de vida.

Los sistemas eclesiales no escapan ante las supuestas bondades que ejerce este sistema de muerte, valen más las posesiones, las bendiciones – traducidas muchas veces y en la mayoría de los casos – como enfocadas en la mal llamada teología de la prosperidad, además de las estructuras corporativas que lo que hacen es ejercer poder, dominio y control para con las personas, trayendo todo ello como resultado la exclusión y marginación, dando a entender que en la iglesia solamente son bienvenidos y bienvenidas las personas sanas, aparentemente limpias, con posibilidades de contribuir a la expansión y permanencia de dicho sistema, por otro lado el dinero y las posesiones de aquellas personas – adultas en su mayoría – que no tienen ningún interés de trabajar en El Reino, si puede contribuir para continuar perpetuando el sistema.

El tiempo actual, es confuso para nuestra juventud, debido a que las personas adultas – dentro y fuera de la iglesia – que tienen el control del sistema, toman actitudes muy inmaduras y antiéticas, son ellos y ellas quienes hacen bailar al son de una música perversa las degeneraciones que quieren que las y los jóvenes de manera ilógica tomen como patrones de vida, llámense esto violencia, poder, consumo e individualismo, que hacen que las y los jóvenes se desencanten y no quieran ser parte de este sistema de muerte que pretende envolverles (Lucas 7,31-32).

Salomón Medina
MTC.EdT El Salvador
Semillas de Nueva Creación

lunes, 4 de octubre de 2010

UN PUEBLO AL SERVICIO DE DIOS, O DIOS AL SERVICIO DEL PUEBLO

Deuteronomio 28,1-2 Y sucederá que si obedeces diligentemente al SEÑOR tu Dios, cuidando de cumplir todos sus mandamientos que yo te mando hoy, el SEÑOR tu Dios te pondrá en alto sobre todas las naciones de la tierra. Y todas estas bendiciones vendrán sobre ti y te alcanzarán, si obedeces al SEÑOR tu Dios.

La historia esta llena de diferentes tipos y clases de diferencias. Están entre los que hacen el bien y el mal, entre ricos y pobres, entre poseedores y desposeídos, entre altos y bajos, entre empleados y desempleados, entre los que buscan el bien común y aquellos que solo buscan el bien personal, entre aquellos que quieren servir y los que desean ser servidos, entre los que tienen ansias de poder y aquellos que desean que los que lo tienen piensen en ellos, entre lo que aman y los que aborrecen, entre los que desean figurar y aquellos que desean estar en el anonimato, entre los pudientes y los marginados, entre la media y la alta.

Durante los primeros siglos de su historia, los israelitas tuvieron una organización social que respetaba las necesidades del pueblo. Las decisiones más importantes se tomaban en las reuniones de los liderazgos de diversas tribus. Pero no todo era perfecto. Había problemas. Pero el pueblo participaba en la vida social y política. El problema de hoy en día de nuestras sociedades es que hemos caído en un sentido de “pesimismo colectivo” o en el peor de los casos “indiferencia masiva”. Hacia el año 1030 a.C., los israelitas resolvieron imitar a los pueblos vecinos: adoptaron el régimen monárquico. Con esto consiguieron producir más; se volvieron más fuertes. Pero el pueblo pasó a ser menos escuchado; sus valores, su modo de ser, fueron dejados de lado.

El Estado se distanció del pueblo. Y este tipo de conducta cada día se va convirtiendo en una “cultura general” de los Estados. Quienes más sufrieron, Eran los que más trabajaban y producían; fueron los que tuvieron que pagar más impuestos. Hoy en día vemos como las personas más laboriosas, más responsables y trabajadoras en oficinas, fabricas, comercio e industria de nuestro país están cada día siendo oprimidas o perseguidas por ideales o sistemas; sin tomar en cuenta sus habilidades y cualidades personales y laborales.

Toda persona, sistema u organización interesada en si misma, o en la fama o en el poder; obedece a un solo fin: OPRESIÓN. Ya sea en nombre del progreso o en nombre del cambio; los valores del pueblo sencillo y moralmente sano van siendo olvidados. Los valores que pueda imprimir a la sociedad la honradez, el trabajo, la fidelidad, el respeto, la lealtad y el amor; no son tomados en cuenta en los “grandes diálogos, o mesas de trabajo, o agendas de los gobernantes en turno”.

El rey Acab por conveniencia se casó con Jezabel, hija del rey de Tiro. Esta introdujo su religión. Esto me invita a realizar una reflexión: ¿Es que la fe no logra crear un acuerdo ante las distintas tendencias desastrosas que el país va tomando?, tomando en cuenta que “decimos ser” un país eminentemente “cristiano”. ¿Es que no podemos desarrollar con la ayuda de Dios nuestra propia cultura económica, de trabajo y sana convivencia?.

En los tiempos del Rey Acab El pueblo estaba medio adormecido. Reaccionaba poco. Se mostraba indeciso, picoteando de aquí y de allá según sus intereses personales. Ya no estaban unidos a su Dios que los había liberado de Egipto. Quedaba libre el camino para la injusticia. Cuanto más nos alejamos de Dios y de sus valores eternos, mas a merced estaremos de las estrategias del Diablo para la destrucción de nuestras familias y por ende de nuestro Nación. La injustica, el anarquismo, el vandalismo, la indiferencia, el crimen, el homicidio, el aborto, la homosexualidad y toda manifestación de maldad tendrán en medio de nosotros un caldo de cultivo, tierra fértil para crecer.

Creo que en este mes, en que celebramos nuevamente la Reforma Protestante; debemos mirar con admiración y pedir a Dios que levante hombres como El Profeta Elías. Valientes, Íntegros, Convencidos; sobre la verdad de Dios y el Plan de Dios para toda la humanidad. Salvación, Redención, Justificación deben y tienen que tener un sentido profundo en cada creyente de nuestro País; los gobernantes como los gobernados tenemos necesidad de que se nos diga la importancia de Servir al Dios en quien decimos creer, y no solo tratar de servirnos de El en los momentos de aflicción, temor, desastre y calamidad. Porque en muchas ocasiones, lo hemos visto, es solo en esas circunstancias que escuchamos a todas las castas sociales mencionar el “nombre de Dios”. Reflexiona y medita. Que Dios nos bendiga.

Pastor Francis A. Batarse G.
Iglesia Cristiana Cristo Centro
El Salvador C.A.