Durante ya varios meses atrás en los constantes actos de violencia dirigidos hacia, entre y por nuestra juventud, se despiertan una serie de valoraciones que en su mayoría tienden a sobredimensionar estas situaciones, dichos hechos nos hacen pensar diariamente en toda una serie de fenómenos que nos incitan a analizar y contribuir a la erradicación de esta forma de resolver las cosas de manera más integral, lamentablemente en buena parte de los casos se tienden a dar prioridad a proporcionar datos de índole estadístico, jurídicos e incluso legislativos, que lo que hacen es caer en una especie de deshumanización reduciendo a las personas en simples cifras…
Pareciera que los crímenes e ineficacia de nuestro sistema policial y jurídico-legal contribuyen también a que la problemática se agudice, teniendo – de hecho – grandes implicaciones económicas, políticas y culturales, que nos llevan a perder la esperanza en un sistema corrupto y excluyente, el cual ejerce su violencia y maltrato con quienes pagamos los impuestos para el sostenimiento mismo de este sistema perverso y mezquino, todo esto – en cierta forma – nos obliga a perder casi por completo la confianza en las instancias del Estado, ya sea por la violencia que ejerce el mismo sistema a través de su burocracia o la poca dureza ante los crímenes popularmente llamados de cuello blanco a los que se intenta ocultar con los nombres de: crimen organizado y narcotráfico…
En ese ir y venir en compañía del Espíritu y de quienes tienen un compromiso con el Evangelio del Reino y en el afán de dar una explicación desde la realidad de los sectores excluidos de nuestro país, hemos tenido contacto con aquellas personas que no se mencionan, que este mismo sistema de muerte aborta, invisibiliza y culpa, en este caso nos referimos a la vivencia con las comunidades consideradas de alto riesgo, donde las estructuras judiciales, políticas y eclesiales no llegan y rara vez se asoman por allí, donde viven las niñas y los niños, hijas e hijos de pandilleros, que pocas personas – fuera de sus familiares – se atreven a acercarse para brindarles algunas oportunidades o simplemente escucharles para que puedan asumir su luto en cuanto a la pérdida irreparable a la que se enfrentan ellas y ellos con sus familias cuando sus padres son asesinados, heridos o privados de libertad por diferentes causas…
Ellas y ellos son las personas inmencionables en cualquier instancia oficial y no oficial – incluida la iglesia – los medios de comunicación conocidos y desconocidos no escriben, graban o filman en ninguna de sus notas su existencia, son de los tantas personas que quedan en el anonimato, sin identidad y despreciadas por el simple hecho de sus orígenes, aun cuando no tengan nada que ver con los actos violentos o delictivos de sus progenitores, coartando sus sueños, anhelos, opacando sus vidas por el hecho de desconocer la situación real, infundiendo miedo desprecio y desdén, intentando ocultar que ellas y ellos también son personas creadas a la imagen y semejanza de Dios…
En Las Escrituras, durante el discurso de Job en su defensa final, incluso él como un fiel seguidor no judío de YHWH y debido a las intensas crisis que pasó – con el agravante de ser duramente cuestionado y acosado por su mujer y amigos – menciona a estos grupos excluidos, que el por la sensibilidad que El Espíritu le inspiró para realizar actos de bondad y solidaridad, como una acción desesperada les pone en evidencia a estos excluidos, los hijos e hijas de los marginados y delincuentes de su tiempo, la enorme diferencia entre él y nosotras-nosotros es que desde su pobreza paupérrima y miseria – y antes de que esta aconteciese – comprendió que el amor del Padre debía hacerse presente encarnándose en todas aquellas personas que nos hacemos llamar sus hijas e hijos y evidenciado por nuestra practica de misión desde esos lugares que albergan personas que necesitan la esperanza redentora y reivindicativa a través de la Buena Noticia del Reino, que pone de manera desinteresada sus recursos de todo tipo al servicio de ellas y ellos (Job 30,1-8).
Salomón Medina
MTC.EdT El Salvador
Semillas de Nueva Creación
La Fe sin Justicia no nos lleva a nada al igual que la Justicia sin la Paz...
Buscamos brindar herramientas con el objeto de encontrar La Paz de manera vivencial, despertando el sentido de comunidad entre las personas.
miércoles, 31 de agosto de 2011
martes, 23 de agosto de 2011
El muerto que venció a la muerte (Breve meditación para sábado santo)
Juan Stam
"Estuve muerto,
pero ahora vivo por los siglos de los siglos,
y tengo las llaves de la muerte y del infierno"
(Ap 1.17)
La vida terrestre de Jesús comienza y termina con dos fenómenos sumamente humanos, bastante sorprendentes pero muy olvidados. Al inicio pasó nueve meses "internado" como feto en el vientre de su madre, hasta que a ella "se le cumplieron los meses" de su embarazo. Y hacia finales de su historia humana, fue "internado" en la madre tierra, como cualquier otro cadáver. Humanamente hablando, el "sábado santo" es el día en que Dios (el Hijo) estaba muerto. Ese día Jesús parecía ser un muerto más entre los cadáveres de Jerusalén.
Los tiempos de los verbos de Apocalipsis 1:17 llaman la atención; desde nuestra experiencia humana tendríamos que decir que parecen estar equivocados. La experiencia humana, aparte de la fe, nos obligaría a decir, "Estuve vivo pero ahora estoy muerto por los siglos de los siglos". Pero la resurrección invirtió los tiempos verbales, y Cristo puede decir "estuve muerto" (tiempo pasado, una realidad superada) y "ahora vivo" (tiempo presente) "por los siglos de los siglos" (futuro sin fin).
¡Cristo es el muerto que por su muerte mató a la muerte para siempre!
Me permito agregar un pasaje de Profecía bíblica y la misión de la iglesia:
La Palabra de Dios nos manda estar preparados en todo momento para ofrecer una apología de nuestra esperanza y explicar su lógos a quienquiera nos lo pida (1 P. 3:15). ¿Cuál, pues, es el sentido y la lógica de la resurrección de Cristo y la nuestra? ¿Es sólo una exótica curiosidad al final de la historia o pertenece integralmente al sentido coherente de toda nuestra fe?
1) La resurrección de Cristo es el ancla firme de nuestra esperanza; significa que la esperanza cristiana tiene una sólida base histórica. Tenemos una esperanza bien fundada en un hecho ya demostrado: Jesús ha resucitado. Es importante recordar que la esperanza es una parte esencial de nuestra fe. Creer es esperar; si no espero, realmente no creo. Y esta esperanza, que es inseparable de nuestra fe, no está en el aire. Está firmemente fundada en un hecho que ya ocurrió, cuando Cristo resucitó..
Un filósofo contemporáneo que destacó el tema de la esperanza fue el marxista Ernst Bloch. Hace unas décadas un alumno suyo, Juergen Moltmann, planteó dos preguntas muy importantes ante la “filosofía de la esperanza” de su maestro. Si la muerte tiene la última palabra para cada ser humano, preguntó Moltmann, ¿con qué base podemos esperar? Y peor, si nuestro planeta mismo también espera su propia muerte cósmica, entonces tanto a nivel personal como a nivel cósmico, pareciera que la esperanza no sería más que una fatua ilusión. La muerte parecería llevar toda la victoria, pues al fin estamos destinados a la muerte humana y la muerte cósmica.
Entonces Moltmann comenzó a pensar en la resurrección de Cristo como lógos de nuestra esperanza. Curiosamente, a la época estaba bastante popular la sensacional “teología de la muerte de Dios”. Moltmann respondió que efectivamente, Dios había muerto (Dios el Hijo, en la cruz), pero tambíen había resucitado y está sentado a la diestra del Padre. Ahora nuestra fe nos da una verdadera base para esperar. Frente a la muerte personal, nos asegura de nuestra resurrección en Cristo. Y frente a la muerte cósmica, nos anuncia nueva tierra y nuevos cielos.
Por eso, aun cuando no haya base visible ni calculable para seguir esperando, el cristiano (como Abraham; Rm 4:18) sigue esperando. No por las circunstancias, que comúnmente no alimentan ni fundamentan la más mínima esperanza. Pero Cristo ha resucitado, y nosotros resucitaremos. Después de la resurrección de Cristo, para el cristiano no debe de haber cómo desesperarse. A la luz de la resurrección, todo es posible.
Porque él vive, yo no temo el mañana,
Porque él vive, el temor se fue,
Porque yo sé que el futuro es suyo,
Y que vale la pena vivir,
Porque él vive en mí.
Creo que nuestros pueblos necesitan este mensaje, especialmente después de la “década perdida” de los 1980s, ahora en “la década peor” de los 1990s, y ante todas las incógnitas de la.postmodernidad. Tienen razón los que describen las últimas décadas como “el cementerio de las esperanzas”. Como los caminantes a Emaús, muchos que antes habían esperado, y luchado por sus ideales, ahora no esperan más. Muchos revolucionarios de ayer ahora están totalmente desilusinados y han abandonado los sueños de una utopía de justicia e igualdad. Pero los cristianos sabemos que Cristo resucitó, y seguiremos esperando, contra viento y marea.
2) La resurrección es una afirmación del valor del cuerpo. El cuerpo no es ni algo malo ni algo secundario o accidental. La corporalidad pertenece a lo más profundo de nuestro ser. Dios creó la carne y exclamó, “qué buena esta humanidad física, con cuerpo, que yo he creado, buena en gran manera”. Cristo se encarnó en carne como la nuestra, y sin pecado. Cristo murió en la carne, y resucitó en la carne y volverá en la carne. La resurrección nos enseña que sin el cuerpo estamos incompletos, no podemos ser plenamente nosotros. La carne no es de avergonizarse, sino de darle gracias a Dios.
La resurrección nos llama a ser humanos. Cristo resucitado era ricamente humano, y ahora a la diestra de Dios, sigue siendo humano (aunque por ahora no en forma visible, hasta su venida). La resurrección es una afirmación de lo humano, incluída nuestra realidad física. Es lindo como 1 Tm 2. dice “hay un sólo mediador entre Dios y los hombres y las mujeres, Jesucristo hombre.” A la diestra de Dios hay un ser humano, en cuerpo glorificado, que intercede por nosotros. Y volverá en cuerpo visible. Hay toda una teología del cuerpo, como hay toda una teología anticuerpo, gnóstica, maniquea, antihumana, que es de lo más antibíblico que puede haber, aunque a veces lo confundimos con espiritualidad.
3). La resurrección transformó para siempre el sentido de la muerte. Karl Rahner, en medio de un artículo denso y técnico sobre la muerte, nos sorprende con las siguentes palabras bellas:
La muerte oculta en sí misma todos los misterios del ser humano... [Es] el punto en que la persona se torna de la manera más radical problema para sí misma, y por cierto un problema que sólo Dios puede resolver. El cristianno conoce la muerte de un hombre como el suceso más fundamental de la historia.
El acontecimiento más grande e importante de todos los siglos no fue una batalla victoriosa, ni una filosofía brillante, ni algún descubrimiento científico, sino una muerte...y muerte de cruz.
En otro diccionario teológico Alan Richardson, en su artículo sobre el mismo tema, señala que " ha ocurrido una muerte que transformó todo nuestro entender de ella" Cristo ha redefinido para siempre el significado de la palabra "muerte". Cristo vino “a destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, el diablo” (Hb 2.14). La muerte es ya un enemigo derrotado, un enemigo muerto (1 Co 15:55). Como dice un bello himno alemán., “Jesús, muerte de mi muerte; Jesús, vida de mi vida”.
¡Los cristianos sabemos de una muerte que cambió para siempre el sentido de la muerte! Veamos ahora cómo Cristo con su resurrección transformó la muerte. Hay cinco puntos importantes con respecto a esto:
a) Cristo transformó la muerte de fatalidad en libertad. Sin Cristo, la muerte es simplemente un destino que nadie puede escapar; sólo podemos resignarnos a ella. Pero en Cristo, somos libres para vivir y para morir. Jesus dijo, con soberana dignidad, “Yo pongo mi vida; nadie me la quita. Yo me la pongo, porque estoy al servicio de mi Padre” (Jn 10:17-21). En Cristo el morir es también un acto libre. Podemos pensar en mártires de nuestros tiempos como Martin Luther King y Oscar Arnulfo Romero, que asumieron conscientemente el morir por los demás. Para nosotros la muerte ya no es fatalidad; aun cuando sea dolorosa. La muerte se ha convertido en libertad.
b). Cristo tran sformó la muerte de futilidad en plenitud.. En muchas tumbas antiguas en Italia van estas siglas: NFFNSNC. Significaban en latín: “no fui, fui, no soy, qué me importa” (non fui, fui, non sum, non curo). La vida era un sinsentido, y la muerte el sinsentido final. Para nosotros, en Cristo, la muerte ya no es “vanidad de vanidades”, un “hoyo negro” en que caemos y desaparecemos. La muerte ahora es la coronación de la vida. Significa entrar en la plenitud de la vida eterna: “en tu presencia hay plenitud de gozo, delicias a tu diestra para siempre”.(Sal 16:11). En Cristo la futilidad se tornó plenitud. Ese sentido de la muerte como plena realización de la vida se expresa hermosamente en un poema del patriarca evangélico mexicano Gonzalo Baez Camargo:
Cuando me llames
Concédeme,Señor, cuando me llames
que la obra esté hecha:
la obra que es tu obra
y que me diste que yo hiciera.
Pero también, Señor, cuando me llames,
concédeme que todavía tenga
firme el paso, la vista despejada,
y puesta aun la mano en la mancera.
Yo sé muy bien que cuando al cabo falte
mi mano aquí, tu sabia providencia
otras manos dará, para que siga
sin detenerse nunca nuestra siembra.
c). De derrota en victoria: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?”, pregunta Pablo (1 Co 15:57). Según los padres antiguos, la cruz fue una especie de trampa en que cayó Satanás. Creía que si matara a Cristo, la victoria sería suya. Mató a Jesús en la cruz, pero el vencido fue él y no Jesús. Esos antiguos padres solían exclamar “Christus Victor! ¡Jesus es Vencedor!” Ya la muerte no es derrota para nosotros porque no fue derrota para Cristo.
A ti la gloria, ¡Oh nuestro Señor!
A ti la victoria, Gran libertador!
Te alzaste pujante, Lleno de poder,
Mas que el sol radiante Al amanecer.
Gozo, alegría, Reinen por doquier,
Porque Cristo hoy día Muestra su poder...
Angeles cantando Himnos al Señor
Vanle aclamando Como vencedor.
A ti la gloria, ¡Oh nuestro Señor!
A ti la victoria, Gran libertador!
d). De pérdida en ganancia. “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Fil 1:21).. Si de veras nuestro vivir es Cristo, el morir es más de lo mismo, estar más cerca de Cristo y conocerle mejor. Quien vive por el dinero lo pierde todo al morir. Quienes viven por la fama, o por el placer, nada llevarán consigo a la eternidad. Aun el intelectual que vive por el conocimiento, si no es conocer a Cristo, está dedicando su existencia a algo que al final de la jornada tendrá que perder. Pero si nuestra vida entera está concentrada en el conocimiento de Cristo, morir será algo así como pasar de la educación primaria a los estudios avanzados. En Cristo, morir es ganancia.
Naturalmente, la muerte de un ser querido es perdida para los que quedamos, y nos duele. No debemos engañarnos con un falso optimismo Hay que llorar en los funerales y exteriorizar el dolor humano que sentimos. Pero la muerte no es pérdida para el ser querido, sino estar con Cristo lo cual es mucho mejor:
Tesoro incomparable, Jesus amigo fiel,
Refugio del que huye del adversario cruel...
Sin tu influencia santa, la vida es un morir;
Gozar de tu presencia, esto sólo es vivir.
e). Finalmente, Cristo transforma la muerte de fin en principio. La muerte no es el acabóse sino el comenzóse, como diría Mafalda. Llama la atención que el fin de la misma Biblia resulta ser más bien un principio cualitativamente nuevo (Apoc 21:1s). Con Dios, las conclusiones son nuevos comienzos: “He aquí”, dice Dios nada menos que al final de toda la Biblia, “yo hago nuevas todas las cosas” (Apoc 21:5), como que el divino Creador nunca se cansará de renovar todo. Por eso también la muerte misma es un nuevo principio. Antiguamente los cristianos llamaban al día de muerte de un hermano o hermana sus “natalicios”; la muerte no es el fin sino el nacer a una nueva vida. Así Cristo ha transformado el sentido de la muerte.
Martín Lutero, en uno de sus últimos sermones, dijo: “El mundo me dice quue en medio de la vida, estoy muriendo; Dios me contesta, No, en medio de la muerte, vives”. Cuando el gran teólogo puritano John Owen se moría, dictaba una carta a su secretario: “Estoy en la tierra de los vivientes saliendo para la tierra de los muertos. No, más bien, de la tierra de los moribundos voy saliendo para la tierra de los vivientes".
En 1997 moría en Chicago el cardenal José Bernardin, un hombre muy querido, muy admirado y muy admirable. Hizo de su cáncer terminal un testimonio de fe, compartiendo todo por televisión y orando que su muerte, igual que su vida, glorificara a Dios. La noche que agonizaba, una multitud estaba fuera de su residencia. Los periodistas y el mundo entero esperaba la noticia, el cardenal ha muerto. Pero al fin salió el secretaroio del cardenal, hubo silencio, y sus palabras fueron éstas: “Hace diez minutos el hermano José comenzó una nueva vida.”
Dietrich Bonhoeffer, el último día de su vida terrestre, celebró la Santa Cena en el campo de concentración, predicando sobre Isaías 53. Al final de la celebración, un policía Gestapo de Adolfo Hitler llamó su nombre. Bonhoeffer sabía que lo llevaban para ahorcarlo. “Este es el fin”, fueron sus últimas palabras, “para mí el principio”. En Cristo, la muerte no es un fin sino un nuevo principio.
"Estuve muerto,
pero ahora vivo por los siglos de los siglos,
y tengo las llaves de la muerte y del infierno"
(Ap 1.17)
La vida terrestre de Jesús comienza y termina con dos fenómenos sumamente humanos, bastante sorprendentes pero muy olvidados. Al inicio pasó nueve meses "internado" como feto en el vientre de su madre, hasta que a ella "se le cumplieron los meses" de su embarazo. Y hacia finales de su historia humana, fue "internado" en la madre tierra, como cualquier otro cadáver. Humanamente hablando, el "sábado santo" es el día en que Dios (el Hijo) estaba muerto. Ese día Jesús parecía ser un muerto más entre los cadáveres de Jerusalén.
Los tiempos de los verbos de Apocalipsis 1:17 llaman la atención; desde nuestra experiencia humana tendríamos que decir que parecen estar equivocados. La experiencia humana, aparte de la fe, nos obligaría a decir, "Estuve vivo pero ahora estoy muerto por los siglos de los siglos". Pero la resurrección invirtió los tiempos verbales, y Cristo puede decir "estuve muerto" (tiempo pasado, una realidad superada) y "ahora vivo" (tiempo presente) "por los siglos de los siglos" (futuro sin fin).
¡Cristo es el muerto que por su muerte mató a la muerte para siempre!
Me permito agregar un pasaje de Profecía bíblica y la misión de la iglesia:
La Palabra de Dios nos manda estar preparados en todo momento para ofrecer una apología de nuestra esperanza y explicar su lógos a quienquiera nos lo pida (1 P. 3:15). ¿Cuál, pues, es el sentido y la lógica de la resurrección de Cristo y la nuestra? ¿Es sólo una exótica curiosidad al final de la historia o pertenece integralmente al sentido coherente de toda nuestra fe?
1) La resurrección de Cristo es el ancla firme de nuestra esperanza; significa que la esperanza cristiana tiene una sólida base histórica. Tenemos una esperanza bien fundada en un hecho ya demostrado: Jesús ha resucitado. Es importante recordar que la esperanza es una parte esencial de nuestra fe. Creer es esperar; si no espero, realmente no creo. Y esta esperanza, que es inseparable de nuestra fe, no está en el aire. Está firmemente fundada en un hecho que ya ocurrió, cuando Cristo resucitó..
Un filósofo contemporáneo que destacó el tema de la esperanza fue el marxista Ernst Bloch. Hace unas décadas un alumno suyo, Juergen Moltmann, planteó dos preguntas muy importantes ante la “filosofía de la esperanza” de su maestro. Si la muerte tiene la última palabra para cada ser humano, preguntó Moltmann, ¿con qué base podemos esperar? Y peor, si nuestro planeta mismo también espera su propia muerte cósmica, entonces tanto a nivel personal como a nivel cósmico, pareciera que la esperanza no sería más que una fatua ilusión. La muerte parecería llevar toda la victoria, pues al fin estamos destinados a la muerte humana y la muerte cósmica.
Entonces Moltmann comenzó a pensar en la resurrección de Cristo como lógos de nuestra esperanza. Curiosamente, a la época estaba bastante popular la sensacional “teología de la muerte de Dios”. Moltmann respondió que efectivamente, Dios había muerto (Dios el Hijo, en la cruz), pero tambíen había resucitado y está sentado a la diestra del Padre. Ahora nuestra fe nos da una verdadera base para esperar. Frente a la muerte personal, nos asegura de nuestra resurrección en Cristo. Y frente a la muerte cósmica, nos anuncia nueva tierra y nuevos cielos.
Por eso, aun cuando no haya base visible ni calculable para seguir esperando, el cristiano (como Abraham; Rm 4:18) sigue esperando. No por las circunstancias, que comúnmente no alimentan ni fundamentan la más mínima esperanza. Pero Cristo ha resucitado, y nosotros resucitaremos. Después de la resurrección de Cristo, para el cristiano no debe de haber cómo desesperarse. A la luz de la resurrección, todo es posible.
Porque él vive, yo no temo el mañana,
Porque él vive, el temor se fue,
Porque yo sé que el futuro es suyo,
Y que vale la pena vivir,
Porque él vive en mí.
Creo que nuestros pueblos necesitan este mensaje, especialmente después de la “década perdida” de los 1980s, ahora en “la década peor” de los 1990s, y ante todas las incógnitas de la.postmodernidad. Tienen razón los que describen las últimas décadas como “el cementerio de las esperanzas”. Como los caminantes a Emaús, muchos que antes habían esperado, y luchado por sus ideales, ahora no esperan más. Muchos revolucionarios de ayer ahora están totalmente desilusinados y han abandonado los sueños de una utopía de justicia e igualdad. Pero los cristianos sabemos que Cristo resucitó, y seguiremos esperando, contra viento y marea.
2) La resurrección es una afirmación del valor del cuerpo. El cuerpo no es ni algo malo ni algo secundario o accidental. La corporalidad pertenece a lo más profundo de nuestro ser. Dios creó la carne y exclamó, “qué buena esta humanidad física, con cuerpo, que yo he creado, buena en gran manera”. Cristo se encarnó en carne como la nuestra, y sin pecado. Cristo murió en la carne, y resucitó en la carne y volverá en la carne. La resurrección nos enseña que sin el cuerpo estamos incompletos, no podemos ser plenamente nosotros. La carne no es de avergonizarse, sino de darle gracias a Dios.
La resurrección nos llama a ser humanos. Cristo resucitado era ricamente humano, y ahora a la diestra de Dios, sigue siendo humano (aunque por ahora no en forma visible, hasta su venida). La resurrección es una afirmación de lo humano, incluída nuestra realidad física. Es lindo como 1 Tm 2. dice “hay un sólo mediador entre Dios y los hombres y las mujeres, Jesucristo hombre.” A la diestra de Dios hay un ser humano, en cuerpo glorificado, que intercede por nosotros. Y volverá en cuerpo visible. Hay toda una teología del cuerpo, como hay toda una teología anticuerpo, gnóstica, maniquea, antihumana, que es de lo más antibíblico que puede haber, aunque a veces lo confundimos con espiritualidad.
3). La resurrección transformó para siempre el sentido de la muerte. Karl Rahner, en medio de un artículo denso y técnico sobre la muerte, nos sorprende con las siguentes palabras bellas:
La muerte oculta en sí misma todos los misterios del ser humano... [Es] el punto en que la persona se torna de la manera más radical problema para sí misma, y por cierto un problema que sólo Dios puede resolver. El cristianno conoce la muerte de un hombre como el suceso más fundamental de la historia.
El acontecimiento más grande e importante de todos los siglos no fue una batalla victoriosa, ni una filosofía brillante, ni algún descubrimiento científico, sino una muerte...y muerte de cruz.
En otro diccionario teológico Alan Richardson, en su artículo sobre el mismo tema, señala que " ha ocurrido una muerte que transformó todo nuestro entender de ella" Cristo ha redefinido para siempre el significado de la palabra "muerte". Cristo vino “a destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, el diablo” (Hb 2.14). La muerte es ya un enemigo derrotado, un enemigo muerto (1 Co 15:55). Como dice un bello himno alemán., “Jesús, muerte de mi muerte; Jesús, vida de mi vida”.
¡Los cristianos sabemos de una muerte que cambió para siempre el sentido de la muerte! Veamos ahora cómo Cristo con su resurrección transformó la muerte. Hay cinco puntos importantes con respecto a esto:
a) Cristo transformó la muerte de fatalidad en libertad. Sin Cristo, la muerte es simplemente un destino que nadie puede escapar; sólo podemos resignarnos a ella. Pero en Cristo, somos libres para vivir y para morir. Jesus dijo, con soberana dignidad, “Yo pongo mi vida; nadie me la quita. Yo me la pongo, porque estoy al servicio de mi Padre” (Jn 10:17-21). En Cristo el morir es también un acto libre. Podemos pensar en mártires de nuestros tiempos como Martin Luther King y Oscar Arnulfo Romero, que asumieron conscientemente el morir por los demás. Para nosotros la muerte ya no es fatalidad; aun cuando sea dolorosa. La muerte se ha convertido en libertad.
b). Cristo tran sformó la muerte de futilidad en plenitud.. En muchas tumbas antiguas en Italia van estas siglas: NFFNSNC. Significaban en latín: “no fui, fui, no soy, qué me importa” (non fui, fui, non sum, non curo). La vida era un sinsentido, y la muerte el sinsentido final. Para nosotros, en Cristo, la muerte ya no es “vanidad de vanidades”, un “hoyo negro” en que caemos y desaparecemos. La muerte ahora es la coronación de la vida. Significa entrar en la plenitud de la vida eterna: “en tu presencia hay plenitud de gozo, delicias a tu diestra para siempre”.(Sal 16:11). En Cristo la futilidad se tornó plenitud. Ese sentido de la muerte como plena realización de la vida se expresa hermosamente en un poema del patriarca evangélico mexicano Gonzalo Baez Camargo:
Cuando me llames
Concédeme,Señor, cuando me llames
que la obra esté hecha:
la obra que es tu obra
y que me diste que yo hiciera.
Pero también, Señor, cuando me llames,
concédeme que todavía tenga
firme el paso, la vista despejada,
y puesta aun la mano en la mancera.
Yo sé muy bien que cuando al cabo falte
mi mano aquí, tu sabia providencia
otras manos dará, para que siga
sin detenerse nunca nuestra siembra.
c). De derrota en victoria: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?”, pregunta Pablo (1 Co 15:57). Según los padres antiguos, la cruz fue una especie de trampa en que cayó Satanás. Creía que si matara a Cristo, la victoria sería suya. Mató a Jesús en la cruz, pero el vencido fue él y no Jesús. Esos antiguos padres solían exclamar “Christus Victor! ¡Jesus es Vencedor!” Ya la muerte no es derrota para nosotros porque no fue derrota para Cristo.
A ti la gloria, ¡Oh nuestro Señor!
A ti la victoria, Gran libertador!
Te alzaste pujante, Lleno de poder,
Mas que el sol radiante Al amanecer.
Gozo, alegría, Reinen por doquier,
Porque Cristo hoy día Muestra su poder...
Angeles cantando Himnos al Señor
Vanle aclamando Como vencedor.
A ti la gloria, ¡Oh nuestro Señor!
A ti la victoria, Gran libertador!
d). De pérdida en ganancia. “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Fil 1:21).. Si de veras nuestro vivir es Cristo, el morir es más de lo mismo, estar más cerca de Cristo y conocerle mejor. Quien vive por el dinero lo pierde todo al morir. Quienes viven por la fama, o por el placer, nada llevarán consigo a la eternidad. Aun el intelectual que vive por el conocimiento, si no es conocer a Cristo, está dedicando su existencia a algo que al final de la jornada tendrá que perder. Pero si nuestra vida entera está concentrada en el conocimiento de Cristo, morir será algo así como pasar de la educación primaria a los estudios avanzados. En Cristo, morir es ganancia.
Naturalmente, la muerte de un ser querido es perdida para los que quedamos, y nos duele. No debemos engañarnos con un falso optimismo Hay que llorar en los funerales y exteriorizar el dolor humano que sentimos. Pero la muerte no es pérdida para el ser querido, sino estar con Cristo lo cual es mucho mejor:
Tesoro incomparable, Jesus amigo fiel,
Refugio del que huye del adversario cruel...
Sin tu influencia santa, la vida es un morir;
Gozar de tu presencia, esto sólo es vivir.
e). Finalmente, Cristo transforma la muerte de fin en principio. La muerte no es el acabóse sino el comenzóse, como diría Mafalda. Llama la atención que el fin de la misma Biblia resulta ser más bien un principio cualitativamente nuevo (Apoc 21:1s). Con Dios, las conclusiones son nuevos comienzos: “He aquí”, dice Dios nada menos que al final de toda la Biblia, “yo hago nuevas todas las cosas” (Apoc 21:5), como que el divino Creador nunca se cansará de renovar todo. Por eso también la muerte misma es un nuevo principio. Antiguamente los cristianos llamaban al día de muerte de un hermano o hermana sus “natalicios”; la muerte no es el fin sino el nacer a una nueva vida. Así Cristo ha transformado el sentido de la muerte.
Martín Lutero, en uno de sus últimos sermones, dijo: “El mundo me dice quue en medio de la vida, estoy muriendo; Dios me contesta, No, en medio de la muerte, vives”. Cuando el gran teólogo puritano John Owen se moría, dictaba una carta a su secretario: “Estoy en la tierra de los vivientes saliendo para la tierra de los muertos. No, más bien, de la tierra de los moribundos voy saliendo para la tierra de los vivientes".
En 1997 moría en Chicago el cardenal José Bernardin, un hombre muy querido, muy admirado y muy admirable. Hizo de su cáncer terminal un testimonio de fe, compartiendo todo por televisión y orando que su muerte, igual que su vida, glorificara a Dios. La noche que agonizaba, una multitud estaba fuera de su residencia. Los periodistas y el mundo entero esperaba la noticia, el cardenal ha muerto. Pero al fin salió el secretaroio del cardenal, hubo silencio, y sus palabras fueron éstas: “Hace diez minutos el hermano José comenzó una nueva vida.”
Dietrich Bonhoeffer, el último día de su vida terrestre, celebró la Santa Cena en el campo de concentración, predicando sobre Isaías 53. Al final de la celebración, un policía Gestapo de Adolfo Hitler llamó su nombre. Bonhoeffer sabía que lo llevaban para ahorcarlo. “Este es el fin”, fueron sus últimas palabras, “para mí el principio”. En Cristo, la muerte no es un fin sino un nuevo principio.
martes, 16 de agosto de 2011
LA GENERACIÓN DEL MIEDO
Nuestra juventud en El Salvador, continúa siendo azotada por la violencia endémica e infame que nos sigue envolviendo, agotando y desgastando en todo sentido, se vuelve incluso, en algunos casos hasta enfermizo el hecho de estar a la expectativa que las distintas instancias gubernamentales y no gubernamentales y medios de comunicación en general, cuando dan a conocer a la luz pública los índices de personas fallecidas – o victimizadas – por causas violentas, datos que preocupan y mantienen con gran incertidumbre a nuestra población en general…
En el afán de articular algunos intentos de prevenir la violencia y el estado de guerra social en el cual nos encontramos, las diferentes instancias del Estado buscan algún tipo de alternativas y dan a conocer algunas estrategias de prevención – en su mayoría a nivel primario – que buscan coordinar esfuerzos con otras instancias, hacen llamados explícitos a: lideresas y líderes comunitarios, ONG’s, iglesias y personas comunes, es decir, que se intenta incluir a quienes tengan la preocupación y sensibilidad de construir un mejor país enfocado en una cultura de paz que pueda concretarse realmente.
Hasta ahora, las propuestas han sido insuficientes, muchas de ellas se han quedado en buenas intenciones, las y los jóvenes continúan muriendo, volviendo la situación desesperante, más que todo en el seno de La Familia Salvadoreña que no tiene espacio para dar a conocer su dolor, viviendo un luto de manera inconclusa en la mayoría de estos casos… en esto debemos recalcar que los medios de comunicación sobredimensionan en su momento, utilizando los recursos visuales y audiovisuales de manera perversa y pervertida para desatar un miedo que puede llegar a convertirse en pánico generalizado en la población.
Es así como el miedo se convierte en un arma letal, ya que no nos permite pensar con claridad, nos inmoviliza, incitando a la negación y en el peor de los casos a la venganza… por ello ahora es común escuchar en platicas en cualquier lugar y entre madres y padres de familia mencionar: es preferible que nuestras hijas y nuestros hijos pasen aquí en casa que fuera, donde no se sabe lo que puede ocurrir; este es uno de los motivos del gran auge del internet domiciliar, teniendo acceso a las llamadas redes sociales, uso de videojuegos y una gran infinidad de pasatiempos que necesariamente son llevados a cabo bajo un techo aparentemente seguro, lo cual de fondo coartan el poder desarrollar algunas habilidades y destrezas sociales en la personalidad de las y los adolescentes y jóvenes usuarios.
Esta conducta de nuestra juventud, no hace más que dar a conocer el temor hacia sí mismos y a otras personas, ya no hay confianza, incluso entre familiares y vecinos, el temor nos envuelve y nos hace levantar sospechas, plegamos nuestras existencias a el de manera despiadada, no nos permite reflexionar con claridad, nos arrebata el pensar en visiones de vida y proyectos cuyo enfoque sea la vida y no la muerte, llevándonos de forma sutil al estancamiento.
Las generaciones emergentes, son claves en el desarrollo de todo país, no deberían existir condiciones que les impulsen a auto-retraerse, y ser intimidados por el temor, sentimiento que puede y debe ser vencido, no con leyes y políticas de mano dura, no con más violencia, más bien con alternativas sencillas, que nos lleven al dialogo, la comprensión, la amabilidad, la verdad, el amor, la justicia que como consecuencia que traigan la paz y la reconciliación en un contexto tan complicado como en el que nuestra amada juventud intenta vivir, en donde construyamos junto a ellas y ellos un país más acorde a los valores de un nuevo país, un nuevo mundo, un nuevo Reino (1ª Juan 4,18-21).
Salomón Medina
MTC.EdT El Salvador
Semillas de Nueva Creación
En el afán de articular algunos intentos de prevenir la violencia y el estado de guerra social en el cual nos encontramos, las diferentes instancias del Estado buscan algún tipo de alternativas y dan a conocer algunas estrategias de prevención – en su mayoría a nivel primario – que buscan coordinar esfuerzos con otras instancias, hacen llamados explícitos a: lideresas y líderes comunitarios, ONG’s, iglesias y personas comunes, es decir, que se intenta incluir a quienes tengan la preocupación y sensibilidad de construir un mejor país enfocado en una cultura de paz que pueda concretarse realmente.
Hasta ahora, las propuestas han sido insuficientes, muchas de ellas se han quedado en buenas intenciones, las y los jóvenes continúan muriendo, volviendo la situación desesperante, más que todo en el seno de La Familia Salvadoreña que no tiene espacio para dar a conocer su dolor, viviendo un luto de manera inconclusa en la mayoría de estos casos… en esto debemos recalcar que los medios de comunicación sobredimensionan en su momento, utilizando los recursos visuales y audiovisuales de manera perversa y pervertida para desatar un miedo que puede llegar a convertirse en pánico generalizado en la población.
Es así como el miedo se convierte en un arma letal, ya que no nos permite pensar con claridad, nos inmoviliza, incitando a la negación y en el peor de los casos a la venganza… por ello ahora es común escuchar en platicas en cualquier lugar y entre madres y padres de familia mencionar: es preferible que nuestras hijas y nuestros hijos pasen aquí en casa que fuera, donde no se sabe lo que puede ocurrir; este es uno de los motivos del gran auge del internet domiciliar, teniendo acceso a las llamadas redes sociales, uso de videojuegos y una gran infinidad de pasatiempos que necesariamente son llevados a cabo bajo un techo aparentemente seguro, lo cual de fondo coartan el poder desarrollar algunas habilidades y destrezas sociales en la personalidad de las y los adolescentes y jóvenes usuarios.
Esta conducta de nuestra juventud, no hace más que dar a conocer el temor hacia sí mismos y a otras personas, ya no hay confianza, incluso entre familiares y vecinos, el temor nos envuelve y nos hace levantar sospechas, plegamos nuestras existencias a el de manera despiadada, no nos permite reflexionar con claridad, nos arrebata el pensar en visiones de vida y proyectos cuyo enfoque sea la vida y no la muerte, llevándonos de forma sutil al estancamiento.
Las generaciones emergentes, son claves en el desarrollo de todo país, no deberían existir condiciones que les impulsen a auto-retraerse, y ser intimidados por el temor, sentimiento que puede y debe ser vencido, no con leyes y políticas de mano dura, no con más violencia, más bien con alternativas sencillas, que nos lleven al dialogo, la comprensión, la amabilidad, la verdad, el amor, la justicia que como consecuencia que traigan la paz y la reconciliación en un contexto tan complicado como en el que nuestra amada juventud intenta vivir, en donde construyamos junto a ellas y ellos un país más acorde a los valores de un nuevo país, un nuevo mundo, un nuevo Reino (1ª Juan 4,18-21).
Salomón Medina
MTC.EdT El Salvador
Semillas de Nueva Creación
martes, 9 de agosto de 2011
LA BIBLIA Y LA JUSTICIA
Juan Stam
Esta ponencia fue presentada en octubre de 1989 en varias ciudades del Perú, bajo los auspicios de CEDEPP (Centro evangélico de estudios pastorales del Perú).
En el Sermón del Monte el Señor Jesús declara bienaventurados a "los que tienen hambre y sed de justicia" (Mat. 5.6), aun hasta el punto de sufrir "persecución por causa de la justicia" (Mat. 5.10; cf. I Pedro 3:14). Más adelante en el mismo sermón, Jesús nos exhorta a "buscar primeramente el reino de Dios y su justicia" (Mat. 6.33). Esa relación entre el reino de Dios y la justicia se aclara en el mismo sermón, con la segunda petición del Padre Nuestro: "Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra" (Mat. 6.10). El reinado de Dios viene cuando se hace la voluntad de Dios, la cual es justicia.
Por eso no se puede buscar el reino de Dios sin buscar la justicia, que es precisamente Su voluntad para nosotros en la tierra (en el Perú, en Latinoamérica). Donde hay injusticia, homicidios, tortura, robo y corrupción, no se manifiesta el reino de Dios; esas cosas no pueden ser la voluntad de Dios para nuestros pueblos. Por eso cuando oramos, "Venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra", estamos "declarándole la guerra a la injusticia" y comprometiendo nuestro esfuerzo constante a favor de la voluntad de Dios (la justicia).
Desde Génesis hasta Apocalipsis la Biblia nos habla constantemente de la justicia. Nos dice que Dios es justo en todos sus caminos (Deut. 32:4), que Dios hace justicia (Deut. 20.28). Dios ama la justicia y aborrece la maldad (Sal. 45:7, 33:5); Dios es "amante del derecho (Isa. 61:8). Todos sus caminos son justicia (Deut. 32.4), de modo que la justicia y el derecho son la base de su reino (Sal. 89.14, 97.2). También a nosotros Dios no exige justicia (Zac. 7:9s, Miq. 6:8) y nos juzgará con justicia (Sal. 9:4,8). La justicia es camino de vida, mientras la injusticia conduce a la muerte (Prov. 11:19, 12.28). La vida entregada a Dios es una vida de justicia; "me guiará por sendas de justicia, dice el Salmista (Sal. 23:3).
Uno de los primeros títulos de Jesús fue "el Justo" (Hech. 3:14, 7:52, 22:14), quien vino a traer justicia y paz a las naciones (Isa. 9:6,7, 42:1-8, Luc. 2:14, Mat. 12:18,20; cf. Luc. 1:46-56). Los pri-meros cristianos también se llamaban "los justos" (Mat. 10:41, 13:43) y el Evangelio se describe como "el camino de la justicia" (II Pedro 2:21; cf. Mat. 21:32). A los escribas y fariseos Jesús les acusa de cumplir ritos externos pero dejar lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe (Mat. 23:23). Para Pablo también, el reino de Dios no consiste en reglamentos sobre comida y bebida sin en "justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo" (Rom. 14:17). Por eso, no se puede buscar el reino de Dios sin vivir buscando siempre la justicia.
La Justicia en el Antiguo Testamento
La justicia es un tema central del Antiguo Testamento y son muchísimos los pasajes que enseñan sobre el tema. Vamos a ver sólo tres: Amós, Isaías y Jeremías.
Amós 1:1-2:7: Amós fue un campesino de Judá (reino de sur) pero Dios le envió a Israel (reino del norte) a profetiza contra Samaria. Amós comienza su denuncia con una pedagogía inspirada: va denunciando los pecados de los vecinos y enemigos de Israel, en orden de su posición geográfica alrededor del reino del norte (Damasco 1:3, Gaza 1:6, Tiro 1:9, Edom 1:11, Amón 1:13 y Moab 2:1). Eso sin duda cayó muy bien con la gente de Samaria. Pero entonces Amós declara el juicio de Dios contra Judá (2:4), y al fin pone el dedo en la llaga y anuncia el juicio de Dios contra los mismos de Samaria (2.6ss). Eso cayó muy mal y al fin causó su expulsión de Israel (reino del norte).
De este pasaje podemos destacar varias verdades importantes en cuanto a la justicia de Dios:
(1) Dios es Señor de todas las naciones y las juzga a todas por igual, conforme a su justicia. Ni los pueblos (o personas) paganos se escapan del juicio de Dios, ni juzga Dios a creyentes e incrédulos por normas completamente distintas; Dios exige justicia, por igual "de moros y de cristianos".
(2) Los pecados condenados aquí son pecados sociales (hoy diríamos, violaciones de los derechos humanos): destruir los terrenos del enemigo (1:3), vender a pueblos a esclavitud (1:6,9), traicionar y robar al hermano (1:11), abrir el vientre de mujeres encintas en guerras expansionistas (1:13), quemar los huesos de un rey enemigo (2:1), y explotar al pobre (2:6ss).
(3) Dios juzga a los pueblos paganos no sólo por lo que ellos hacen contra Israel, sino por lo que hacen entre sí sin que afecte directa-mente a los israelitas. Jehová es Dios de justicia y Señor de todas las naciones; exige justicia también de los inconversos, y los juzga por sus delitos, como también juzga a Su propio pueblo por sus pecados sociales.
(4) Dios es consciente de todo pecado que se comete, y el siervo de Dios también debe darse cuenta de toda esa realidad y denunciarlo en el nombre del Señor. Juan de Patmos, por ejemplo, denuncia el militarismo del imperio romano (Apoc. 6:4) y los abusos económicos (especulación, precios injustos) en el mercado de Efeso (Apoc. 6:6)
Al seguir con su profecía, Amós denuncia insistentemente la injusticia de los israelitas (ej. 4:1, 5:11-24, 8:4-6), y promete el día de la justicia de Dios: "Pero corra el juicio como las aguas, y la justicia como impetuoso arroyo".
Isa. 1:11-18: Isa. 1:18 es un versículo hermoso, frecuentemente utilizado para sermones evangelísticos, pero sólo se entiende en su sentido pleno cuando se lee en su contexto (1:11-17). Sorprendentemente, el profeta anuncia que las prácticas religiosas de los israelitas (sacrificios, ofrendas, asambleas, aun oraciones! cf Amós 5:21-24, Prov. 21:3) le dan asco a Dios, porque ellos viven en injusticia (Isa. 1:15-17). Primero deben arrepentirse y dejar la injusticia, y entonces buscar a Dios para su perdón.
A través de su profecía, Isaías denuncia constantemente los pecados e injusticias de Judá, pero también promete un Mesías quien será Príncipe de Paz y traerá justicia a las naciones (Isa. 9:1-7, 11:1-10, 42:1-4). El Mesías será no sólo el Salvador del Mundo sino el sucesor al trono de David (Isa. 9:7) quien "no se cansará ni se desmayará hasta que establezca en la tierra justicia: (Isa. 42:4). Es hermoso observar cómo precisamente eso se cumpla en las visiones finales de Apocalipsis, y también se manifiesta ahora cuando los cristianos son fieles en "buscar el reino de Dios y su justicia".
Jeremías 9:23-24, 22:13-16: Jeremías, como los demás profetas, denuncia los pecados del pueblo de Dios (Jer. 22:13s) y la hipocresía de su falsa "piedad" cuando no practican la justicia, y les exige volver a practicar la justicia (Jer. 22:3). También insiste Jeremías muy enfáticamente en que los que no practican la justicia, por mucho que van al Templo y celebran prácticas religiosas (oraciones, vigilias, ofrendas), de hecho no conocen a Dios. Conocer a Dios es reconocer "que yo soy Jehová que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra" (Jer. 9:24):
Tu padre...hizo juicio y justicia, y entonces le fue bien...El juzgó la causa del afligido y menesteroso, y entonces estuvo bien. ¿No es esto conocerme a mí? dice Jehová (Jer. 22:15,16)
La Justicia en el Nuevo Testamento
El Nuevo Testamento también nos enseña que "en toda nación Dios se agrada de quien le teme y hace justicia" (Hech. 10:35). Según San Pablo, el que ha nacido de nuevo ha sido "creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad" (Ef. 4:24, cf. Col. 3:10), "creados en Cristo Jesús para buenas obras" (Ef. 2.10). Dios nos ha dado su Espíritu Santo "para que la justicia de la ley se cumpliese en noso-tros" (Rom. 8:1-4). Y como el Reino de Dios es justicia y paz (Rom. 14:17), nosotros esperamos al fin "cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia" (II Pedro 3:13, cf. Isa. 65:17-25).
En el Nuevo Testamento hay una relación estrecha entre justicia, justificación y juicio. Porque Dios es infinitamente justo y santo, no nos perdona por un simple "decreto de amnistía" sino mediante el sacrificio expiatorio de su propio Hijo, para que El sea a la vez justo y el que justifica, justamente, al impío e injusto (Rom. 3:25s, 4:5). Si Dios nos hubiera perdonado simplemente por "hacer la vista gorda", El no sería justo al perdonarnos. Pero también porque El es infinitamente justo, y le ha sido tan costoso justificarnos, El exige ahora que nosotros seamos justos y santos en todo aspecto de nuestra vida. Y al fin de la historia, Cristo "juzgará al mundo con justicia" (Hech. 17.31). Por la fe recibimos de Cristo "la abundancia de la gracia y del don de la justicia...para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna, mediante Jesucristo, Señor nuestro" (Rom. 5:17,21).
Santiago: Entre los pasajes que nos exigen una vida de justicia, el más conocido es el libro de Santiago. En términos drásticos nos llama a practicar nuestra fe con obras de amor y justicia (Sant. 1: 22-27), ya que "la fe sin obras es muerta" (Sant. 2:14-26; de 2:15,16 es evidente que Santiago está hablando de lo que se suele llamar "obras sociales"). Y Santiago acompaña su exhortación con una forma específica de acción: la protesta, denunciando con un lenguaje suma-mente vehemente los abusos de los ricos (Sant. 5:1-6).
I Juan: Algunos suelen hablar como si el énfasis socio-ético de Santiago fuera algo excepcional en el Nuevo Testamento, pero de hecho otros autores insisten sobre el tema con igual o más fuerza. En su primera epístola, Juan afirma que "todo el que hace justicia es nacido de él" y "todo aquel que no hace justicia...no es de Dios (I Jn. 2:29, 3:10). La justicia que nace de Dios consiste en dar la vida por los demás (3:16) y compartir los bienes materiales (3:17). Sin esa acción de justicia, el amor queda en meras palabras (3:18)
Mat. 7:13-29: La conclusión del Sermón del Monte tiene el mismo tono fuertemente profético de Santiago y I Juan. Después de señalar que la puerta es estrecha y el camino angosto (Mat. 7:13s), y que los profetas verdaderos serán conocidos por sus frutos (7:15-20), Jesús anuncia la condenación de algunos que dicen "Señor, Señor" pero no practican la justicia (no hacen la voluntad del Padre 7:21, sino hacen la maldad 7.23). Cristo no niega que éstos sean ortodoxos en su teología (dicen "Señor, Señor") ni que hayan ejercido ciertos dones (profetizan, exorcizan y hacen milagros; parecen ser de los falsos profetas de 7:15-20, sin frutos de justicia; cf. II Cor. 14:14, Fil. 1:11). Es un pasaje terriblemente solemne para los que se creen salvos pero no se preocupan por practicar la justicia del reino de Dios.
El Sermón del Monte culmina con la parábola de los dos cimientos (Mat. 7:24-29), que subraya dramáticamente la importancia de la obediencia a la Palabra de Dios. A menudo se piensa que la parábola señala el contraste entre Cristo como Roca y cualquier otro fundamento, que sería arena. Aunque eso es verdad, no es la verdad que enseña este pasaje. Según Mat. 7:24,. el hombre prudente "oye las palabras y las hace", mientras el hombre insensato "me oye estas palabras y no las hace" (7:26). El hombre prudente construyó sobre la roca firme de la obediencia (incluyendo la práctica de la justicia); el necio construyó sobre la arena de la palabrería y la religiosidad formal, sin la práctica de la voluntad de Dios.
Al final de su evangelio San Mateo vuelve a este énfasis. En la descripción más larga y detallada del juicio final que aparece en toda la Biblia, Jesús anuncia la separación de las ovejas y los cabritos a base de su conducta social y su práctica de la justicia: alimentar al hambriento, dar de beber al sediento, recoger al foras-tero, vestir al desnudo, y visitar al enfermo y al preso (Mat. 25: 35-36). Igual que en Mat. 7:22, los que se creían salvos y santos se sorprenden al descubrir que Cristo los rechaza, y los que Cristo pro-clama justos se sorprenden un poco al darse cuenta que habían servido a Cristo cuando sirvieron a los más péqueños entre los hermanos.
Conclusión: El tema de la justicia es central al pensamiento de toda la Biblia y al sentido del Evangelio. Precisamente porque sabe-mos por la fe que somos justificados por la gracia, debemos dar constantes frutos de justicia. Buscar el reino de Dios y su justicia significa un compromiso consecuente y valiente con la justicia, aquí y ahora, ya que somos semilla y levadura, sal y luz, de ese reino de Dios que es "justicia, paz, y gozo en el Espíritu Santo" (Rom. 14: 17).
Esta ponencia fue presentada en octubre de 1989 en varias ciudades del Perú, bajo los auspicios de CEDEPP (Centro evangélico de estudios pastorales del Perú).
En el Sermón del Monte el Señor Jesús declara bienaventurados a "los que tienen hambre y sed de justicia" (Mat. 5.6), aun hasta el punto de sufrir "persecución por causa de la justicia" (Mat. 5.10; cf. I Pedro 3:14). Más adelante en el mismo sermón, Jesús nos exhorta a "buscar primeramente el reino de Dios y su justicia" (Mat. 6.33). Esa relación entre el reino de Dios y la justicia se aclara en el mismo sermón, con la segunda petición del Padre Nuestro: "Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra" (Mat. 6.10). El reinado de Dios viene cuando se hace la voluntad de Dios, la cual es justicia.
Por eso no se puede buscar el reino de Dios sin buscar la justicia, que es precisamente Su voluntad para nosotros en la tierra (en el Perú, en Latinoamérica). Donde hay injusticia, homicidios, tortura, robo y corrupción, no se manifiesta el reino de Dios; esas cosas no pueden ser la voluntad de Dios para nuestros pueblos. Por eso cuando oramos, "Venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra", estamos "declarándole la guerra a la injusticia" y comprometiendo nuestro esfuerzo constante a favor de la voluntad de Dios (la justicia).
Desde Génesis hasta Apocalipsis la Biblia nos habla constantemente de la justicia. Nos dice que Dios es justo en todos sus caminos (Deut. 32:4), que Dios hace justicia (Deut. 20.28). Dios ama la justicia y aborrece la maldad (Sal. 45:7, 33:5); Dios es "amante del derecho (Isa. 61:8). Todos sus caminos son justicia (Deut. 32.4), de modo que la justicia y el derecho son la base de su reino (Sal. 89.14, 97.2). También a nosotros Dios no exige justicia (Zac. 7:9s, Miq. 6:8) y nos juzgará con justicia (Sal. 9:4,8). La justicia es camino de vida, mientras la injusticia conduce a la muerte (Prov. 11:19, 12.28). La vida entregada a Dios es una vida de justicia; "me guiará por sendas de justicia, dice el Salmista (Sal. 23:3).
Uno de los primeros títulos de Jesús fue "el Justo" (Hech. 3:14, 7:52, 22:14), quien vino a traer justicia y paz a las naciones (Isa. 9:6,7, 42:1-8, Luc. 2:14, Mat. 12:18,20; cf. Luc. 1:46-56). Los pri-meros cristianos también se llamaban "los justos" (Mat. 10:41, 13:43) y el Evangelio se describe como "el camino de la justicia" (II Pedro 2:21; cf. Mat. 21:32). A los escribas y fariseos Jesús les acusa de cumplir ritos externos pero dejar lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe (Mat. 23:23). Para Pablo también, el reino de Dios no consiste en reglamentos sobre comida y bebida sin en "justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo" (Rom. 14:17). Por eso, no se puede buscar el reino de Dios sin vivir buscando siempre la justicia.
La Justicia en el Antiguo Testamento
La justicia es un tema central del Antiguo Testamento y son muchísimos los pasajes que enseñan sobre el tema. Vamos a ver sólo tres: Amós, Isaías y Jeremías.
Amós 1:1-2:7: Amós fue un campesino de Judá (reino de sur) pero Dios le envió a Israel (reino del norte) a profetiza contra Samaria. Amós comienza su denuncia con una pedagogía inspirada: va denunciando los pecados de los vecinos y enemigos de Israel, en orden de su posición geográfica alrededor del reino del norte (Damasco 1:3, Gaza 1:6, Tiro 1:9, Edom 1:11, Amón 1:13 y Moab 2:1). Eso sin duda cayó muy bien con la gente de Samaria. Pero entonces Amós declara el juicio de Dios contra Judá (2:4), y al fin pone el dedo en la llaga y anuncia el juicio de Dios contra los mismos de Samaria (2.6ss). Eso cayó muy mal y al fin causó su expulsión de Israel (reino del norte).
De este pasaje podemos destacar varias verdades importantes en cuanto a la justicia de Dios:
(1) Dios es Señor de todas las naciones y las juzga a todas por igual, conforme a su justicia. Ni los pueblos (o personas) paganos se escapan del juicio de Dios, ni juzga Dios a creyentes e incrédulos por normas completamente distintas; Dios exige justicia, por igual "de moros y de cristianos".
(2) Los pecados condenados aquí son pecados sociales (hoy diríamos, violaciones de los derechos humanos): destruir los terrenos del enemigo (1:3), vender a pueblos a esclavitud (1:6,9), traicionar y robar al hermano (1:11), abrir el vientre de mujeres encintas en guerras expansionistas (1:13), quemar los huesos de un rey enemigo (2:1), y explotar al pobre (2:6ss).
(3) Dios juzga a los pueblos paganos no sólo por lo que ellos hacen contra Israel, sino por lo que hacen entre sí sin que afecte directa-mente a los israelitas. Jehová es Dios de justicia y Señor de todas las naciones; exige justicia también de los inconversos, y los juzga por sus delitos, como también juzga a Su propio pueblo por sus pecados sociales.
(4) Dios es consciente de todo pecado que se comete, y el siervo de Dios también debe darse cuenta de toda esa realidad y denunciarlo en el nombre del Señor. Juan de Patmos, por ejemplo, denuncia el militarismo del imperio romano (Apoc. 6:4) y los abusos económicos (especulación, precios injustos) en el mercado de Efeso (Apoc. 6:6)
Al seguir con su profecía, Amós denuncia insistentemente la injusticia de los israelitas (ej. 4:1, 5:11-24, 8:4-6), y promete el día de la justicia de Dios: "Pero corra el juicio como las aguas, y la justicia como impetuoso arroyo".
Isa. 1:11-18: Isa. 1:18 es un versículo hermoso, frecuentemente utilizado para sermones evangelísticos, pero sólo se entiende en su sentido pleno cuando se lee en su contexto (1:11-17). Sorprendentemente, el profeta anuncia que las prácticas religiosas de los israelitas (sacrificios, ofrendas, asambleas, aun oraciones! cf Amós 5:21-24, Prov. 21:3) le dan asco a Dios, porque ellos viven en injusticia (Isa. 1:15-17). Primero deben arrepentirse y dejar la injusticia, y entonces buscar a Dios para su perdón.
A través de su profecía, Isaías denuncia constantemente los pecados e injusticias de Judá, pero también promete un Mesías quien será Príncipe de Paz y traerá justicia a las naciones (Isa. 9:1-7, 11:1-10, 42:1-4). El Mesías será no sólo el Salvador del Mundo sino el sucesor al trono de David (Isa. 9:7) quien "no se cansará ni se desmayará hasta que establezca en la tierra justicia: (Isa. 42:4). Es hermoso observar cómo precisamente eso se cumpla en las visiones finales de Apocalipsis, y también se manifiesta ahora cuando los cristianos son fieles en "buscar el reino de Dios y su justicia".
Jeremías 9:23-24, 22:13-16: Jeremías, como los demás profetas, denuncia los pecados del pueblo de Dios (Jer. 22:13s) y la hipocresía de su falsa "piedad" cuando no practican la justicia, y les exige volver a practicar la justicia (Jer. 22:3). También insiste Jeremías muy enfáticamente en que los que no practican la justicia, por mucho que van al Templo y celebran prácticas religiosas (oraciones, vigilias, ofrendas), de hecho no conocen a Dios. Conocer a Dios es reconocer "que yo soy Jehová que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra" (Jer. 9:24):
Tu padre...hizo juicio y justicia, y entonces le fue bien...El juzgó la causa del afligido y menesteroso, y entonces estuvo bien. ¿No es esto conocerme a mí? dice Jehová (Jer. 22:15,16)
La Justicia en el Nuevo Testamento
El Nuevo Testamento también nos enseña que "en toda nación Dios se agrada de quien le teme y hace justicia" (Hech. 10:35). Según San Pablo, el que ha nacido de nuevo ha sido "creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad" (Ef. 4:24, cf. Col. 3:10), "creados en Cristo Jesús para buenas obras" (Ef. 2.10). Dios nos ha dado su Espíritu Santo "para que la justicia de la ley se cumpliese en noso-tros" (Rom. 8:1-4). Y como el Reino de Dios es justicia y paz (Rom. 14:17), nosotros esperamos al fin "cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia" (II Pedro 3:13, cf. Isa. 65:17-25).
En el Nuevo Testamento hay una relación estrecha entre justicia, justificación y juicio. Porque Dios es infinitamente justo y santo, no nos perdona por un simple "decreto de amnistía" sino mediante el sacrificio expiatorio de su propio Hijo, para que El sea a la vez justo y el que justifica, justamente, al impío e injusto (Rom. 3:25s, 4:5). Si Dios nos hubiera perdonado simplemente por "hacer la vista gorda", El no sería justo al perdonarnos. Pero también porque El es infinitamente justo, y le ha sido tan costoso justificarnos, El exige ahora que nosotros seamos justos y santos en todo aspecto de nuestra vida. Y al fin de la historia, Cristo "juzgará al mundo con justicia" (Hech. 17.31). Por la fe recibimos de Cristo "la abundancia de la gracia y del don de la justicia...para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna, mediante Jesucristo, Señor nuestro" (Rom. 5:17,21).
Santiago: Entre los pasajes que nos exigen una vida de justicia, el más conocido es el libro de Santiago. En términos drásticos nos llama a practicar nuestra fe con obras de amor y justicia (Sant. 1: 22-27), ya que "la fe sin obras es muerta" (Sant. 2:14-26; de 2:15,16 es evidente que Santiago está hablando de lo que se suele llamar "obras sociales"). Y Santiago acompaña su exhortación con una forma específica de acción: la protesta, denunciando con un lenguaje suma-mente vehemente los abusos de los ricos (Sant. 5:1-6).
I Juan: Algunos suelen hablar como si el énfasis socio-ético de Santiago fuera algo excepcional en el Nuevo Testamento, pero de hecho otros autores insisten sobre el tema con igual o más fuerza. En su primera epístola, Juan afirma que "todo el que hace justicia es nacido de él" y "todo aquel que no hace justicia...no es de Dios (I Jn. 2:29, 3:10). La justicia que nace de Dios consiste en dar la vida por los demás (3:16) y compartir los bienes materiales (3:17). Sin esa acción de justicia, el amor queda en meras palabras (3:18)
Mat. 7:13-29: La conclusión del Sermón del Monte tiene el mismo tono fuertemente profético de Santiago y I Juan. Después de señalar que la puerta es estrecha y el camino angosto (Mat. 7:13s), y que los profetas verdaderos serán conocidos por sus frutos (7:15-20), Jesús anuncia la condenación de algunos que dicen "Señor, Señor" pero no practican la justicia (no hacen la voluntad del Padre 7:21, sino hacen la maldad 7.23). Cristo no niega que éstos sean ortodoxos en su teología (dicen "Señor, Señor") ni que hayan ejercido ciertos dones (profetizan, exorcizan y hacen milagros; parecen ser de los falsos profetas de 7:15-20, sin frutos de justicia; cf. II Cor. 14:14, Fil. 1:11). Es un pasaje terriblemente solemne para los que se creen salvos pero no se preocupan por practicar la justicia del reino de Dios.
El Sermón del Monte culmina con la parábola de los dos cimientos (Mat. 7:24-29), que subraya dramáticamente la importancia de la obediencia a la Palabra de Dios. A menudo se piensa que la parábola señala el contraste entre Cristo como Roca y cualquier otro fundamento, que sería arena. Aunque eso es verdad, no es la verdad que enseña este pasaje. Según Mat. 7:24,. el hombre prudente "oye las palabras y las hace", mientras el hombre insensato "me oye estas palabras y no las hace" (7:26). El hombre prudente construyó sobre la roca firme de la obediencia (incluyendo la práctica de la justicia); el necio construyó sobre la arena de la palabrería y la religiosidad formal, sin la práctica de la voluntad de Dios.
Al final de su evangelio San Mateo vuelve a este énfasis. En la descripción más larga y detallada del juicio final que aparece en toda la Biblia, Jesús anuncia la separación de las ovejas y los cabritos a base de su conducta social y su práctica de la justicia: alimentar al hambriento, dar de beber al sediento, recoger al foras-tero, vestir al desnudo, y visitar al enfermo y al preso (Mat. 25: 35-36). Igual que en Mat. 7:22, los que se creían salvos y santos se sorprenden al descubrir que Cristo los rechaza, y los que Cristo pro-clama justos se sorprenden un poco al darse cuenta que habían servido a Cristo cuando sirvieron a los más péqueños entre los hermanos.
Conclusión: El tema de la justicia es central al pensamiento de toda la Biblia y al sentido del Evangelio. Precisamente porque sabe-mos por la fe que somos justificados por la gracia, debemos dar constantes frutos de justicia. Buscar el reino de Dios y su justicia significa un compromiso consecuente y valiente con la justicia, aquí y ahora, ya que somos semilla y levadura, sal y luz, de ese reino de Dios que es "justicia, paz, y gozo en el Espíritu Santo" (Rom. 14: 17).
martes, 2 de agosto de 2011
LA NUEVA MENDICIDAD
Todos los países que somos económicamente dependientes de aquellos que se consideran desarrollados, tenemos un amplio margen de deuda – impagable por cierto – que nos ahoga y no permite que salgamos a flote en ningún momento, debido a las altas tasas de interés de dichos préstamos, en donde se les da todos los instrumentos legales posibles a quienes definen las reglas del juego en el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, que en este caso especifico son las estructuras perversas utilizadas para comprar prácticamente las vidas nuestras...
Esto es realmente grave, debido a que al firmar los tratados de libre comercio – con cualquiera de los nombres que se les atribuyen – los representantes de nuestros gobiernos, empeñan prácticamente todos nuestros recursos, dichos instrumentos nefastos de este sistema de muerte, se hacen ver como la solución a la crisis, y efectivamente lo es, para el país que lo propone, ¿pero que para el país que lo firma?
Por otro lado, se generan otras maneras violentas de cómo poder conseguir fondos para salir adelante y permanecer dominando las reglas del juego en nuestro mundo a través de formas que fortalezcan las vías de poder armamentista que traen muerte para los países que son invadidos y subyugados, esto en función de tener total control de los recursos naturales e incluso los servicios públicos, que son de interés para los países que los ostentan, llámense agua, petróleo, gas natural u otros…
A lo anterior podemos añadirle los llamados megaproyectos, es decir, aquellos que son pensados de manera global y que pregonan el progreso y la bonanza económica para los países que se añaden a esta propuesta, que al final lo que trae es más miseria e injusticia en las grandes mayorías que generan nuestros países, por ello es importante revisar con sumo cuidado dichas alternativas que se proponen, con ese lenguaje oculto y ambiguo de los ideólogos de un sistema fundamentado en la muerte.
A la luz de la Buena Noticia, nos damos cuenta que las artimañas continúan siendo iguales en un sistema opresivo, la salvación y liberación se hacen vigentes hoy más que nunca, ya que las condiciones de extrema pobreza, sobre explotación y hambre han sido los que han generado la enorme desigualdad que hace mucho mas grande la brecha entre pobres y ricos, a nivel global esto se traduce entre intentar recoger las migajas de los países que dominan el sistema sobre las grandes multitudes de los países que no pueden ejercer este control, en donde se pueden ir generando influencia en cuanto a dar propuestas más humanas y más viables, desde abajo y desde adentro, con los recursos que se tienen y las propuestas desde el dialogo (Marcos 8,1-9).
Salomón Medina
MTC.EdT El Salvador
Semillas de Nueva Creación
Esto es realmente grave, debido a que al firmar los tratados de libre comercio – con cualquiera de los nombres que se les atribuyen – los representantes de nuestros gobiernos, empeñan prácticamente todos nuestros recursos, dichos instrumentos nefastos de este sistema de muerte, se hacen ver como la solución a la crisis, y efectivamente lo es, para el país que lo propone, ¿pero que para el país que lo firma?
Por otro lado, se generan otras maneras violentas de cómo poder conseguir fondos para salir adelante y permanecer dominando las reglas del juego en nuestro mundo a través de formas que fortalezcan las vías de poder armamentista que traen muerte para los países que son invadidos y subyugados, esto en función de tener total control de los recursos naturales e incluso los servicios públicos, que son de interés para los países que los ostentan, llámense agua, petróleo, gas natural u otros…
A lo anterior podemos añadirle los llamados megaproyectos, es decir, aquellos que son pensados de manera global y que pregonan el progreso y la bonanza económica para los países que se añaden a esta propuesta, que al final lo que trae es más miseria e injusticia en las grandes mayorías que generan nuestros países, por ello es importante revisar con sumo cuidado dichas alternativas que se proponen, con ese lenguaje oculto y ambiguo de los ideólogos de un sistema fundamentado en la muerte.
A la luz de la Buena Noticia, nos damos cuenta que las artimañas continúan siendo iguales en un sistema opresivo, la salvación y liberación se hacen vigentes hoy más que nunca, ya que las condiciones de extrema pobreza, sobre explotación y hambre han sido los que han generado la enorme desigualdad que hace mucho mas grande la brecha entre pobres y ricos, a nivel global esto se traduce entre intentar recoger las migajas de los países que dominan el sistema sobre las grandes multitudes de los países que no pueden ejercer este control, en donde se pueden ir generando influencia en cuanto a dar propuestas más humanas y más viables, desde abajo y desde adentro, con los recursos que se tienen y las propuestas desde el dialogo (Marcos 8,1-9).
Salomón Medina
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