Juan Stam
Esta ponencia fue presentada en octubre de 1989 en varias ciudades del Perú, bajo los auspicios de CEDEPP (Centro evangélico de estudios pastorales del Perú).
En el Sermón del Monte el Señor Jesús declara bienaventurados a "los que tienen hambre y sed de justicia" (Mat. 5.6), aun hasta el punto de sufrir "persecución por causa de la justicia" (Mat. 5.10; cf. I Pedro 3:14). Más adelante en el mismo sermón, Jesús nos exhorta a "buscar primeramente el reino de Dios y su justicia" (Mat. 6.33). Esa relación entre el reino de Dios y la justicia se aclara en el mismo sermón, con la segunda petición del Padre Nuestro: "Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra" (Mat. 6.10). El reinado de Dios viene cuando se hace la voluntad de Dios, la cual es justicia.
Por eso no se puede buscar el reino de Dios sin buscar la justicia, que es precisamente Su voluntad para nosotros en la tierra (en el Perú, en Latinoamérica). Donde hay injusticia, homicidios, tortura, robo y corrupción, no se manifiesta el reino de Dios; esas cosas no pueden ser la voluntad de Dios para nuestros pueblos. Por eso cuando oramos, "Venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra", estamos "declarándole la guerra a la injusticia" y comprometiendo nuestro esfuerzo constante a favor de la voluntad de Dios (la justicia).
Desde Génesis hasta Apocalipsis la Biblia nos habla constantemente de la justicia. Nos dice que Dios es justo en todos sus caminos (Deut. 32:4), que Dios hace justicia (Deut. 20.28). Dios ama la justicia y aborrece la maldad (Sal. 45:7, 33:5); Dios es "amante del derecho (Isa. 61:8). Todos sus caminos son justicia (Deut. 32.4), de modo que la justicia y el derecho son la base de su reino (Sal. 89.14, 97.2). También a nosotros Dios no exige justicia (Zac. 7:9s, Miq. 6:8) y nos juzgará con justicia (Sal. 9:4,8). La justicia es camino de vida, mientras la injusticia conduce a la muerte (Prov. 11:19, 12.28). La vida entregada a Dios es una vida de justicia; "me guiará por sendas de justicia, dice el Salmista (Sal. 23:3).
Uno de los primeros títulos de Jesús fue "el Justo" (Hech. 3:14, 7:52, 22:14), quien vino a traer justicia y paz a las naciones (Isa. 9:6,7, 42:1-8, Luc. 2:14, Mat. 12:18,20; cf. Luc. 1:46-56). Los pri-meros cristianos también se llamaban "los justos" (Mat. 10:41, 13:43) y el Evangelio se describe como "el camino de la justicia" (II Pedro 2:21; cf. Mat. 21:32). A los escribas y fariseos Jesús les acusa de cumplir ritos externos pero dejar lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe (Mat. 23:23). Para Pablo también, el reino de Dios no consiste en reglamentos sobre comida y bebida sin en "justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo" (Rom. 14:17). Por eso, no se puede buscar el reino de Dios sin vivir buscando siempre la justicia.
La Justicia en el Antiguo Testamento
La justicia es un tema central del Antiguo Testamento y son muchísimos los pasajes que enseñan sobre el tema. Vamos a ver sólo tres: Amós, Isaías y Jeremías.
Amós 1:1-2:7: Amós fue un campesino de Judá (reino de sur) pero Dios le envió a Israel (reino del norte) a profetiza contra Samaria. Amós comienza su denuncia con una pedagogía inspirada: va denunciando los pecados de los vecinos y enemigos de Israel, en orden de su posición geográfica alrededor del reino del norte (Damasco 1:3, Gaza 1:6, Tiro 1:9, Edom 1:11, Amón 1:13 y Moab 2:1). Eso sin duda cayó muy bien con la gente de Samaria. Pero entonces Amós declara el juicio de Dios contra Judá (2:4), y al fin pone el dedo en la llaga y anuncia el juicio de Dios contra los mismos de Samaria (2.6ss). Eso cayó muy mal y al fin causó su expulsión de Israel (reino del norte).
De este pasaje podemos destacar varias verdades importantes en cuanto a la justicia de Dios:
(1) Dios es Señor de todas las naciones y las juzga a todas por igual, conforme a su justicia. Ni los pueblos (o personas) paganos se escapan del juicio de Dios, ni juzga Dios a creyentes e incrédulos por normas completamente distintas; Dios exige justicia, por igual "de moros y de cristianos".
(2) Los pecados condenados aquí son pecados sociales (hoy diríamos, violaciones de los derechos humanos): destruir los terrenos del enemigo (1:3), vender a pueblos a esclavitud (1:6,9), traicionar y robar al hermano (1:11), abrir el vientre de mujeres encintas en guerras expansionistas (1:13), quemar los huesos de un rey enemigo (2:1), y explotar al pobre (2:6ss).
(3) Dios juzga a los pueblos paganos no sólo por lo que ellos hacen contra Israel, sino por lo que hacen entre sí sin que afecte directa-mente a los israelitas. Jehová es Dios de justicia y Señor de todas las naciones; exige justicia también de los inconversos, y los juzga por sus delitos, como también juzga a Su propio pueblo por sus pecados sociales.
(4) Dios es consciente de todo pecado que se comete, y el siervo de Dios también debe darse cuenta de toda esa realidad y denunciarlo en el nombre del Señor. Juan de Patmos, por ejemplo, denuncia el militarismo del imperio romano (Apoc. 6:4) y los abusos económicos (especulación, precios injustos) en el mercado de Efeso (Apoc. 6:6)
Al seguir con su profecía, Amós denuncia insistentemente la injusticia de los israelitas (ej. 4:1, 5:11-24, 8:4-6), y promete el día de la justicia de Dios: "Pero corra el juicio como las aguas, y la justicia como impetuoso arroyo".
Isa. 1:11-18: Isa. 1:18 es un versículo hermoso, frecuentemente utilizado para sermones evangelísticos, pero sólo se entiende en su sentido pleno cuando se lee en su contexto (1:11-17). Sorprendentemente, el profeta anuncia que las prácticas religiosas de los israelitas (sacrificios, ofrendas, asambleas, aun oraciones! cf Amós 5:21-24, Prov. 21:3) le dan asco a Dios, porque ellos viven en injusticia (Isa. 1:15-17). Primero deben arrepentirse y dejar la injusticia, y entonces buscar a Dios para su perdón.
A través de su profecía, Isaías denuncia constantemente los pecados e injusticias de Judá, pero también promete un Mesías quien será Príncipe de Paz y traerá justicia a las naciones (Isa. 9:1-7, 11:1-10, 42:1-4). El Mesías será no sólo el Salvador del Mundo sino el sucesor al trono de David (Isa. 9:7) quien "no se cansará ni se desmayará hasta que establezca en la tierra justicia: (Isa. 42:4). Es hermoso observar cómo precisamente eso se cumpla en las visiones finales de Apocalipsis, y también se manifiesta ahora cuando los cristianos son fieles en "buscar el reino de Dios y su justicia".
Jeremías 9:23-24, 22:13-16: Jeremías, como los demás profetas, denuncia los pecados del pueblo de Dios (Jer. 22:13s) y la hipocresía de su falsa "piedad" cuando no practican la justicia, y les exige volver a practicar la justicia (Jer. 22:3). También insiste Jeremías muy enfáticamente en que los que no practican la justicia, por mucho que van al Templo y celebran prácticas religiosas (oraciones, vigilias, ofrendas), de hecho no conocen a Dios. Conocer a Dios es reconocer "que yo soy Jehová que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra" (Jer. 9:24):
Tu padre...hizo juicio y justicia, y entonces le fue bien...El juzgó la causa del afligido y menesteroso, y entonces estuvo bien. ¿No es esto conocerme a mí? dice Jehová (Jer. 22:15,16)
La Justicia en el Nuevo Testamento
El Nuevo Testamento también nos enseña que "en toda nación Dios se agrada de quien le teme y hace justicia" (Hech. 10:35). Según San Pablo, el que ha nacido de nuevo ha sido "creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad" (Ef. 4:24, cf. Col. 3:10), "creados en Cristo Jesús para buenas obras" (Ef. 2.10). Dios nos ha dado su Espíritu Santo "para que la justicia de la ley se cumpliese en noso-tros" (Rom. 8:1-4). Y como el Reino de Dios es justicia y paz (Rom. 14:17), nosotros esperamos al fin "cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia" (II Pedro 3:13, cf. Isa. 65:17-25).
En el Nuevo Testamento hay una relación estrecha entre justicia, justificación y juicio. Porque Dios es infinitamente justo y santo, no nos perdona por un simple "decreto de amnistía" sino mediante el sacrificio expiatorio de su propio Hijo, para que El sea a la vez justo y el que justifica, justamente, al impío e injusto (Rom. 3:25s, 4:5). Si Dios nos hubiera perdonado simplemente por "hacer la vista gorda", El no sería justo al perdonarnos. Pero también porque El es infinitamente justo, y le ha sido tan costoso justificarnos, El exige ahora que nosotros seamos justos y santos en todo aspecto de nuestra vida. Y al fin de la historia, Cristo "juzgará al mundo con justicia" (Hech. 17.31). Por la fe recibimos de Cristo "la abundancia de la gracia y del don de la justicia...para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna, mediante Jesucristo, Señor nuestro" (Rom. 5:17,21).
Santiago: Entre los pasajes que nos exigen una vida de justicia, el más conocido es el libro de Santiago. En términos drásticos nos llama a practicar nuestra fe con obras de amor y justicia (Sant. 1: 22-27), ya que "la fe sin obras es muerta" (Sant. 2:14-26; de 2:15,16 es evidente que Santiago está hablando de lo que se suele llamar "obras sociales"). Y Santiago acompaña su exhortación con una forma específica de acción: la protesta, denunciando con un lenguaje suma-mente vehemente los abusos de los ricos (Sant. 5:1-6).
I Juan: Algunos suelen hablar como si el énfasis socio-ético de Santiago fuera algo excepcional en el Nuevo Testamento, pero de hecho otros autores insisten sobre el tema con igual o más fuerza. En su primera epístola, Juan afirma que "todo el que hace justicia es nacido de él" y "todo aquel que no hace justicia...no es de Dios (I Jn. 2:29, 3:10). La justicia que nace de Dios consiste en dar la vida por los demás (3:16) y compartir los bienes materiales (3:17). Sin esa acción de justicia, el amor queda en meras palabras (3:18)
Mat. 7:13-29: La conclusión del Sermón del Monte tiene el mismo tono fuertemente profético de Santiago y I Juan. Después de señalar que la puerta es estrecha y el camino angosto (Mat. 7:13s), y que los profetas verdaderos serán conocidos por sus frutos (7:15-20), Jesús anuncia la condenación de algunos que dicen "Señor, Señor" pero no practican la justicia (no hacen la voluntad del Padre 7:21, sino hacen la maldad 7.23). Cristo no niega que éstos sean ortodoxos en su teología (dicen "Señor, Señor") ni que hayan ejercido ciertos dones (profetizan, exorcizan y hacen milagros; parecen ser de los falsos profetas de 7:15-20, sin frutos de justicia; cf. II Cor. 14:14, Fil. 1:11). Es un pasaje terriblemente solemne para los que se creen salvos pero no se preocupan por practicar la justicia del reino de Dios.
El Sermón del Monte culmina con la parábola de los dos cimientos (Mat. 7:24-29), que subraya dramáticamente la importancia de la obediencia a la Palabra de Dios. A menudo se piensa que la parábola señala el contraste entre Cristo como Roca y cualquier otro fundamento, que sería arena. Aunque eso es verdad, no es la verdad que enseña este pasaje. Según Mat. 7:24,. el hombre prudente "oye las palabras y las hace", mientras el hombre insensato "me oye estas palabras y no las hace" (7:26). El hombre prudente construyó sobre la roca firme de la obediencia (incluyendo la práctica de la justicia); el necio construyó sobre la arena de la palabrería y la religiosidad formal, sin la práctica de la voluntad de Dios.
Al final de su evangelio San Mateo vuelve a este énfasis. En la descripción más larga y detallada del juicio final que aparece en toda la Biblia, Jesús anuncia la separación de las ovejas y los cabritos a base de su conducta social y su práctica de la justicia: alimentar al hambriento, dar de beber al sediento, recoger al foras-tero, vestir al desnudo, y visitar al enfermo y al preso (Mat. 25: 35-36). Igual que en Mat. 7:22, los que se creían salvos y santos se sorprenden al descubrir que Cristo los rechaza, y los que Cristo pro-clama justos se sorprenden un poco al darse cuenta que habían servido a Cristo cuando sirvieron a los más péqueños entre los hermanos.
Conclusión: El tema de la justicia es central al pensamiento de toda la Biblia y al sentido del Evangelio. Precisamente porque sabe-mos por la fe que somos justificados por la gracia, debemos dar constantes frutos de justicia. Buscar el reino de Dios y su justicia significa un compromiso consecuente y valiente con la justicia, aquí y ahora, ya que somos semilla y levadura, sal y luz, de ese reino de Dios que es "justicia, paz, y gozo en el Espíritu Santo" (Rom. 14: 17).
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