Durante siglos el fundamentalismo religioso de cualquier tipo, ha estado aliado y cargado de una falsa piedad, sarcasmos y falsa adulación, lo cual tiende a manifestarse en cuanto a las relaciones de poder que se ejercen con fines de dominación, estas acciones se evidencian usualmente ejerciendo el control de dos formas puntuales y evidentes: la primera es ejercer el control por la vía diplomática y la segunda ejercer el control de manera directamente mezquina; ambas posiciones apuntan a una especie de ateísmo práctico.
En el primer caso, las relaciones en un inicio, se van tejiendo aparentemente de forma leal y respetuosa, con discursos motivacionales y llenos de palabras y acciones engañosamente dulces-lúdicas, pero a medida va pasando el tiempo, la persona o personas abusadas descubren que lo que han estado haciendo de manera genuina y sincera, ha sido ni más ni menos que una manipulación que les ha llevado a realizar hechos al antojo de las personas que están en la cima o vértice de la pirámide del poder, es decir –y en el caso que nos compete hoy– hablamos de las y los líderes religiosos cuyo pensar, actuar y hablar no ha tenido ni una tan sola pisca de los valores, principios y doctrina que dicen defender, lo cual al final causa una gran decepción, desencanto y desgaste del liderazgo y del sistema disque comprometido con la causa del Reinado de Dios.
En el segundo caso, pareciera que las reglas están dadas e impuestas desde los estratos y estructuras jerárquicas de poder, es así que aparentemente la principal regla es: si estás de acuerdo conmigo estas bien, si no lo estas estás mal, yo tengo y ejerzo la voluntad de dios,en este caso es la idolatría del poder ejercido hegemónicamente al estilo de Zeus o Júpiter, que pretende manipular a las personas como si fueran piezas de algún juego al estilo ajedrez, no importando quien salga herido, desprestigiado o destruido, los anti-valores que se mueven en este sistema religioso son: la intimidación, el abuso, la conspiración, el grito, el desprestigio, la vergüenza y la venganza. Dicho sea de paso, este mecanismo se ha heredado de las prácticas militares y gerenciales que responden a su vez a los modelos de dominación patrikiarcales, esto significa que el hombre –no la mujer– es el amo y señor de las cosas que suceden a su alrededor.
¿Cómo denunciar de manera enfática las prácticas abusivas de poder cuando se sirve como a un ídolo a una imagen mental de un dios o estructura que produce los mismo vicios de un sistema de muerte y destrucción que nos envuelve?, ¿hasta qué punto nuestra espiritualidad no ha tenido el peso ético que necesita para llevar a cabo una denuncia profética ante los gobernantes de nuestra sociedad?, ¿de qué manera la iglesia se ha dejado seducir por los modelos basados en el poder dominador y despótico?, ¿quiénes son las victimas en todo esto?
En cualquiera de los casos anteriores, se da la búsqueda del poder, el medio y fin es el poder, por ello se nos hace urgente y necesario replantear algunas visiones de vida que se han inmiscuido en nuestras comunidades de fe, referirnos a las prácticas abusivas y despóticas de poder en donde se coarta la personalidad de las y los individuos, es una situación desleal muy ajena a lo enseñado por El Gran Maestro, quien cuando los apodados Hijos del Trueno ante el rechazo natural del Pueblo Samaritano hacia ellos –los discípulos judíos– le dijeron con gran furia que les autorizara bajar fuego del cielo para que se consumieran y que en ese instante y con justa razón les reprendió de manera amorosa, haciéndoles ver que tenían que solidarizarse con aquellas personas que por mucho tiempo han sido rechazadas, brindando apertura y ver las maneras de escuchar las voces de aquellas grandes multitudes que no tienen voz, en ese contexto violento era imposible que no aprendieran la lección y repensaran su visión de vida (Lucas 9,51-56).
Antonio Salomón Medina Fuentes, Coordinador Nacional del Proyecto Alternativas a la Violencia
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