A propósito de esta fecha…
En el Segundo Testamento el término Abbá –Ἀββά– no significa exacta y literalmente Padre. En
el contexto cultural judío del primer siglo de nuestra era, fue una palabra
aramea que la o el bebé usaba para dirigirse a su padre o a su madre antes de
aprender a hablar. Como tal, por tratarse de un balbuceo, se traduce en nuestra
lengua por «papá» o por otro término equivalente. En todas las lenguas existen
palabras cortas que las y los niños usan antes de saber hablar y que pueden
emplear para llamar a los seres más cercanos y queridos. La experiencia
personal que Jesús tiene del Dios cercano y compasivo le llevó a llamar a Dios
de este modo tan íntimo: Abbá[1].
Debemos también recalcar que en ese
entonces Abbá, fue originalmente un término del
lenguaje infantil de las y los niños pequeños –no fue la forma determinada del
sustantivo «padre»– con el significado de «papá-mamá», pero en tiempos del Segundo
Testamento, no se limitaba ya al lenguaje de las y los niños pequeños, sino que
era una expresión utilizada también por las y los niños mayores y se empleaba
incluso como manera de dirigirse a personas ancianas. Abbá llegó a sustituir en textos hebreos a la expresión
«padre mío», y podía significar también «su padre» y «nuestro padre»; además,
reemplazó la forma determinada del sustantivo «padre»[2], ¡Con
qué alegría escuchan las madres y los padres balbucir a la hija o al hijo sus
primeras palabras: «mama», «papa»...![3]
Aparte de los evangelios –Mateo 6,9-13; Marcos 14,36; Lucas 11,2-4, por mencionar algunos
ejemplos puntuales– también encontramos en otros escritos del Segundo
Testamento, referencias que dan continuidad a la visión jesuánica de Abbá, donde las y los seguidores del Maestro lo plantean
como parte de las claves de la vivencia de la Buena Noticia –y por consiguiente
del Reinado de Dios– para establecer relaciones más fraternas en las
comunidades de creyentes que profesaron la Fe y la Esperanza en El Resucitado,
una nueva manera de ver la vida, otro sistema de valores y practicas enfocadas
en el mensaje central de Jesús: El Reinado de Dios –Romanos 8,15; Gálatas 4,6– en este sentido, el
uso de la palabra cotidiana Abbá para dirigirse a Dios, es la innovación lingüística
más importante llevada a cabo por Jesús[4]. En
fin, nada menos que 170 veces
ponen los evangelios esta expresión en labios de Jesús: 4 veces Marcos, 15
Lucas, 42 Mateo y 109 Juan[5].
Al poner la atención debida a lo anteriormente expuesto, es muy revelador
y liberador reflexionar sobre Abbá, ya
que nos hace realizar algunas valoraciones importantes:
1.
Es errado casi exclusivamente masculinizar a Dios únicamente como Padre,
debido a que si intentamos interpretar Las Escrituras –donde se incluyen las
Palabras de Jesús– en su contexto histórico, cultural y lingüístico, nos damos
cuenta que los acercamientos han sido demasiado pobres, androcéntricos y
patriarcales, mas aun en los ambientes fundamentalistas.
2.
Tradicionalmente se ha asexualizado a Dios, más que todo en las
confesiones influidas fuertemente por la tradición, esto debido a que
ideológicamente no ha convenido presentar esta otra dimensión más amplia de la
realidad que nos genera el acercamiento de todos los escritos y relatos de Las
Escrituras, ya que según la mayoría de estas posturas, es preferible presentar a
un dios con las visiones idolátricas de: vengador, guerrero,
conquistador-invasor, destructor, todo lo contrario a intentar ver a un Dios Justo,
Amoroso, Pacífico, Cercano, Tierno y Dispuesto como un Padre-Madre a escuchar y
consolar a sus hijas e hijos en cualquier situación.
3.
Si nos referimos al Abbá
de Jesús –y nuestro– estamos obligadas y obligados a realizar un acercamiento
exegético de los diferentes textos, todos aquellos que nos hacen ver
precisamente que Él se refirió a Su Padre-Madre, debido a la gran intimidad que
tuvo desde un inicio con ese Dios cercano, eso puede explicar lo inconcebible
que era para los religiosos de su tiempo que cualquier ser humano pudiera tener
esa confianza con YHWH, tanto así que esa fue una de las acusaciones consideradas
graves durante el manipulado juicio para asesinarlo, debido a que culturalmente
dicho termino implica esa familiaridad, cercanía, relación fraternal intima y
jamás lejanía reverencial.
4.
Por otra parte, debemos ser humildes en reconocer que si bien es cierto
que nuestro objetivo principal es intentar acercarnos al Dios de la Vida, estos
continúan siendo esfuerzos muy limitados de describir ese Supremo Misterio, que
nos sigue desafiando cada vez en tener y establecer relaciones más humanas, justas,
fraternas, solidarias, significativas, en base al ethos de Jesús plasmado en La
Buena Noticia del Reinado de Dios.
En todo
caso, para nuestro Dios –como hemos escudriñado en Las Escrituras brevemente–
al parecer no es inconveniente que le veamos como Padre-Madre, esto no es caer
en ambigüedad, más bien es visualizar uno de sus Grandes Atributos, no verle
como un ídolo o dios pagano, alejado de la realidad de las y los seres humanos,
sentado en el balcón del cielo, es más bien verle como La Cabeza de nuestra Familia,
la cual nos brinda Vida en todo lo que ha hecho, hace y hará, de hecho, si nos
da Vida, también nos brinda Alegría y muchas otras virtudes propias de Su
Incomprensible Naturaleza.
Al llegar
a este punto vale la pena reflexionar que si somos hijas e hijos de un Dios que
es Padre-Madre, ser padre y/o madre actualmente es un privilegio, ¡una alegría y
bendición como seres humanos!, que nos lleva a dimensionar que hay un Dios
cercano, humano, a favor de la Justicia, la Paz, la Reconciliación y la
Solidaridad, cuya máxima revelación es la vida de Su Hijo, esa relación
cercana, indiscutiblemente amalgamada por el Amor que trasciende cualquiera de
las expectativas humanas por ser indescriptible, lo cual lo vuelve un Misterio
que intentamos aun comprender.
En
nuestro contexto latinoamericano, ser padre-madre se ha vuelto común, debido a
que hay un gran número de hogares mono-parentales, estos por razones múltiples
que no vamos a describir con detalle aquí, ya que por lo general son las mujeres
–aunque también hay algunos hombres– quienes por diferentes circunstancias
asumen ambos roles, ellas merecen nuestro respeto, admiración, solidaridad y
apoyo en cuanto a sus necesidades básicas y las de su familia, debido a que en
la mayoría de los casos se encuentran en un estado de vulnerabilidad con
relación a sus derechos humanos básicos y aun con esas limitantes ¡logran salir
adelante sin ningún apoyo!
Es allí
donde la labor de misión eclesial, gubernamental, institucional y
organizacional debe enfocar parte importante de sus recursos, no solo para
brindar asistencia, sino también para acompañar y capacitar a estas mujeres
cabezas de familia que tienen que brindar un sostenimiento integral a sus hijas
e hijos, este es un desafío pastoral-diaconal de misión –para los grupos religiosos–
además de jurídico-legal para la creación de leyes y políticas públicas por
parte de las estructuras gubernamentales, así como la capacitación y apoyo
directo de las instancias no gubernamentales nacionales e internacionales.
Sin
embargo también hay hogares –de cualquier tipo– donde padre y madre u otra
persona que asume el rol de cabeza de hogar, viven en base al Respeto y Complementariedad
con todas y todos sus miembros, propiciando relaciones fraternales justas y
llenas de Amor, Comprensión, Armonía, Cariño y Tolerancia, entre cada una y
cada uno de sus integrantes, el sistema de valores sustentado de manera natural
en esa unión hipostática entre el Abbá y Jesús –parte de la promulgación del
Reinado de Dios– es esencial vernos como familia y que en el seno de la misma
se propicie la educación en y para la vida de las y los hijos, que es una
responsabilidad de los padres y las madres en Obediencia a ese Dios que es
Padre-Madre, amante de la Justicia y la Paz.
Antonio
Salomón Medina Fuentes, Coordinador Nacional del Proyecto Alternativas a la
Violencia, El Salvador, Centro América
[1] Elizabeth A. Jhonson: La
cristología hoy. Editorial Sal Terrae. Santander. 2003. Páginas 68-69.
[2] Horst Balz–Gerhard
Schneider: Diccionario exegético
del nuevo testamento, volumen I. 3ª edición. Ediciones Sígueme.
Salamanca. 2005 Páginas 1-2.
[3] Luis Alonso Schoekel, S.J.: Dios Padre: Meditaciones
bíblicas. Editorial Sal Terrae. España.
1994 Página 131.
[5] Leonardo
Boff: El Padrenuestro. La oración de la
liberación integral. 4ª edición. Ediciones Paulinas. Madrid. 1982. Página 41.




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