Usualmente se acepta que en 1979, Jean-François Lyotard – aunque algunas personas expertas aseguran que varios autores más habían utilizado el término con anterioridad – abordó el concepto de la posmodernidad en su obra La condición posmoderna; este fue el comienzo de la teorización de todas las implicaciones posibles que se tienen con relación a nuestra cultura e idiosincrasia que han llegado a afectar nuestra cultura salvadoreña hasta el día de hoy.
La posmodernidad, dicho de manera puntual y un tanto simplista, se ha definido como toda una corriente artístico-filosófica-literaria-cultural, que asevera que el modernismo fracasó en su intento de renovación y emancipación radical de las formas tradicionales del arte y la cultura, el pensamiento y la vida social.
Es bastante curioso que frente al compromiso riguroso con la innovación, el progreso y la crítica de las vanguardias artísticas, intelectuales y sociales al que considera una forma refinada de teología autoritaria, el posmodernismo defiende la hibridación, la cultura popular, el descentramiento de la autoridad intelectual y científica y la desconfianza ante los grandes relatos, pudiendo caer en un estado escéptico, irónico y hasta cínico, en cuanto a situaciones de la vida como el nacimiento, la adolescencia, la juventud, la muerte e inclusive la fe.
La muerte es una característica fundamental de un sistema perverso neoliberal y posmoderno, el cual exige víctimas y puede ser comparado como aquel ídolo al que se le rendían sacrificios humanos para que su ira sea apaciguada. Esto cayendo al plano de lo cotidiano, usualmente lo vemos en diferentes instancias de nuestra sociedad: los centros comerciales, como grandes templos que congregan a millones de personas al año y que promueven el deseo mimético que impulsa el querer tener y consumir más cada vez; las instancias jurídicas con sus grandes vacios legales; el arte manipulado para dichos fines en sus diferentes manifestaciones; los medios masivos de comunicación que tienen a ser los grandes transmisores vía satélite o micro onda, que propagan como verdades absolutas lo que allí difunden; todo esto sin contar los altos índices de violencia a los que hemos llegado, que de hecho nos han traído zozobra, inseguridad y muerte.
A todo lo anterior se contrapone el sistema de vida, el sistema del Reino (Mateo 6,33), la justicia como valor fundamental para la preservación de la vida abundante (Juan 10,10), lo cual sirve de contracultura ante las artimañas del anti reino, que hace parecer las malas noticias como buenas noticias (Lucas 16,1-8), esto, si pretendemos ser sencibles, debemos lamentarlo, ya que algunas veces los alcances que llegan a tener, el terreno que llegan a abarcar e impacto que alcanzan dichas estrategias de mercado no los podemos medir, en otras palabras: la muerte cumple su cometido.
En este esquema de vida, se hace necesario recordar una y otra vez – las veces que sean necesarias – las palabras de esperanza y consuelo de Pablo en 1ª de Corintios 15,26: El último enemigo que será destruido es la muerte; valdría la pena decir también que el mismo Jesús venció ese mismo sistema de muerte, al resucitar, Él, como principal víctima del sistema de muerte imperante en aquel entonces; ante todo ello: ¿cuáles deberían ser las señales de justicia y esperanza para el ser humano en este sistema que sacraliza la muerte?, ¿acaso hemos dejado de pensar creativamente ante los retos que dicho sistema nos provoca?, ¿será necesario repensar nuestra fe para que nos impulse a poner las propuestas en el plano de la praxis?
Salomón Medina
MTC.EdT El Salvador
Semillas de Nueva Creación
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