En el año 2009 nos hemos dado cuenta que somos un país “creyente en Dios”, según datos del Instituto Universitario de Opinión Pública de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (IUDOP), se menciona que el 52.4% de las y los salvadoreños profesan la fe católica y el 38.2% la fe evangélica, sumando estas 2 nos da un total de 90.6%, lo que quiere decir que estamos hablando de un país religioso; incluso en el mismo estudio se realizaron preguntas claves que hacen ver que la fe en Dios no es impedimento para tener una afiliación político – partidaria de ninguna tendencia o que la afinidad con una iglesia en especifico tiene que ver con factores de índoles familiar, tradiciones y costumbres, responsabilidad social y/o ciudadana.
Confrontando estos datos con nuestro contexto de país actualmente, nos vemos obligados a preguntamos: ¿qué Dios es en quien creemos?, a lo que pueden surgir múltiples respuestas: ¿será el dios dinero?, ¿el dios poder?, ¿el dios light?, ¿el dios cruel?, ¿el dios estructura?, ¿el dios guerrero?...
Al partir de este punto, es de suma importancia tomar en cuenta que las concepciones que tenemos de este Dios en el cual creemos, también pueden llegar a determinar la manera en la que nos relacionamos con las personas que nos rodean, para el caso si ese dios es el dinero, tendemos a ver todo a partir de las transacciones comerciales, beneficios y utilidades – disfrazados con la palabra “bendición” – que ese dios me da en cuanto yo también doy y aporto a la iglesia; para el caso del dios poder, este me envuelve entre las redes del orgullo, la soberbia y la prepotencia, las cuales me llevan a ver como sub alternos o empleados a quienes están a mi lado y aprovecharme de ellos y ellas para lograr mis fines egoístas y ególatras; el dios light, es aquel que construyo a mi medida, el que creer en él no me trae ningún compromiso ético con mi familia, mi comunidad, mi iglesia, mi sociedad, aquel que está hecho a mi imagen y semejanza, permisivo, tan frágil para poder manipularle; el dios cruel, es aquel despiadado, que se burla, denigra y desampara en el dolor, insensible, casi un mounstro, que espera que alguien falle en algo para descargar su ira sin misericordia; en cuanto al dios estructura, es aquel en donde aparentemente la capacidad organizativa o corporativa, puede decirse que son excelentes, pero al final la estructura es la que toma el lugar de Dios, ya que ejerce su dominación y control jerárquico sobre las personas que se someten a ella, así, si no estoy dentro de la estructura no estoy sirviendo a Dios; en cuanto al dios guerrero, es aquel fuerte y poderoso, que no le importa justificar las violaciones a los derechos humanos, aplastar a quien sea con el propósito de imponer su visión ante quienes son débiles, actividad llena de infamia y que ha llevado a justificar invasiones y guerras…
Pueden haber muchas otras concepciones de Dios, pero al examinar las anteriores nos vemos confrontados con que ninguna de ellas nos sirve para poder dar algún tipo de respuesta a las problemáticas que aquejan a nuestro país, ¿qué pueden decirnos esos dioses ante: la violencia, la seguridad pública, la pobreza, la marginación y exclusión de la juventud, la falta de empleo, la drogadicción, el estado de derecho, el machismo, el deterioro del medio ambiente, el VIH/SIDA, etc.?
Estas visiones – para vergüenza nuestra – se han legitimado en el seno de nuestras iglesias, independientemente que denominación sean, lamentablemente el origen de todo ello es que hemos tenido la osadía irrespetuosa e irreverente de explicar a Dios y como se dice: si explicamos a Dios, este deja de ser Dios (Juan 1,18).
Salomón Medina
MTC.EdT El Salvador
Semillas de Nueva Creación
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